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miércoles, 14 de mayo de 2025

Soberanía

 



 Conviene hacerse de vez en cuando un test para ver cómo estás de soberanía individual. Porque, aunque nadie te lo suela decir, no hay enfermedad más penosa que el andar con niveles bajos de esa soberanía. Es una enfermedad insidiosa que te empuja a salir de casa a todas las horas en busca de consuelo. Y es que, no es para menos, porque no hay nada más angustioso que mirarte en los espejos que tienes en casa y no verte. Y no te ves porque, sencillamente, sin soberanía individual, no existes a efectos prácticos. 

Sales a la calle, ¿a qué?, pues a qué va a ser, a contar tus penas al primero que se te cruza por aquello que dicen de que penas contadas, penas aliviadas. Así es que te sientas por ahí con cualquiera y, a la que te descuidas ya te está contando sus padecimientos. Y, si hay varios en la conversación, se quitan la palabra los unos a los otros para contar los suyos porque, a lo que se ve, todo el mundo tiene un buen lote de ellos. Y es que los padecimientos son el último clavo ardiendo al que poder agarrarse para recuperar la sensación de vida que la pérdida de soberanía individual te ha arrebatado.  

No sé si ustedes lo recordaran, pero hace cuatro o cinco años las circunstancias nos dieron la oportunidad de testarnos la soberanía individual por el simple procedimiento de dejarse o no dejarse meter un palito por la nariz... bueno, algunos preferían que se lo metiesen por el culo. ¿Qué es lo que se puso de manifiesto con ese test?:

1º.- Pensamiento crítico. ¿Cuánta gente estabas viendo morir a tu alrededor? ¿Conocías a alguien que le hubiese pasado algo al respecto? ¿Escuchabas o no escuchabas a otros expertos que no fuesen los oficiales del régimen? ¡Contéstate tú mismo y ponte la puntuación!

2º.- Autonomía corporal. ¿Acaso hay algo más sagrado que el propio cuerpo? ¿No vas a procurar informarte, y pensártelo dos veces después, antes de dejarte meter cualquier cosa por él? Porque, qué nadie me diga que no había informaciones alternativas a la oficial porque con ello está demostrando su miseria intelectual. En fin, daba todo más risa que la etiqueta del Anís del Mono: soy el mejor, la ciencia lo dice y yo no miento. 

3º.- Decir tu verdad. Tu verdad contrastada con la de los mejores y no con la de la chusma atemorizada. ¿Acaso no teníamos internet para saber lo que decía Luc Montagnier sobre el virus o Alexandra Henrion-Caude sobre las terapias génicas? No hay excusas al respecto. 

4º.- El regalo del discernimiento. Tirar ese regalo, el más valioso que nos hicieron los cielos, por el desagüe, es la mayor ofensa que nos podemos hacer a nosotros mismos. Negarse a pensar por uno mismo en aras de que te den un carné para poder entrar en los bares es el colmo de la miseria moral. 

5º.- Resistir a la tiranía. ¿Es que podía haber alguien tan sumamente cobarde como para no ser consciente de que le estaban robando sus más elementales derechos? En mis ochenta años de vida nunca había visto cosa semejante... y eso que durante mis cuarenta primeros viví en lo que se decía era una tiranía. Visto lo visto, ahora dudo mucho de que lo fuese. 

6º.- Defender a los hijos. Desde el primer momento traté de poner en guardia a mi descendencia. Si tuve éxito o no, ese es otro asunto; lo que cuenta para mí es que lo intenté y que los cielos son testigos de ello.

7º.- Distanciarse del sistema social. Cada vez que oigo la palabra socializar, salgo corriendo. ¿Es que puede haber algo más demoledor para la propia soberanía que necesitar la aquiescencia de los demás?  El ir por libre siempre ha sido y será la clave de una vida cumplida. 

En fin, allá cada cual con su conciencia, que yo ya tengo bastante con la mía.

martes, 1 de abril de 2025

El cuento de nunca acabar

La capacidad del mundo para producir bienes de consumo es incalculable. Uno vive en un barrio popular, de gente menestral, y la sensación que se percibe por doquier es la de cuerno de la abundancia. El otro día escuchaba conversar a los dos jóvenes que, guitarra en bandolera, mendigan a la puerta de un Mercadona: discutían sobre las ventajas comparativas entre un BMW y un Audi; desde luego que a simple vista nadie les distinguiría de unos alumnos de la UCLA. 

¿Dónde está el problema, entonces? ¿Por qué esa pudrición de los espíritus que amenaza con hacerlo saltar todo por los aires? Yo diría que el problema estriba en el poco tiempo y esfuerzo que se necesita para producir esa ingente cantidad de riqueza. Así es que hay tal cantidad de tiempo libre que no hay forma de evadirse de los malos pensamientos. El que tiene uno, quiere tener dos, se cantaba en aquellos años del cuplé, cuando la opulencia era cosa de cuatro. La insatisfacción es consustancial al ser humano y, que yo sepa, no hay otra forma de obviarla que poniéndote a picar piedras. Y ese es el punto y la madre de todo este desaguisado, que por mucho que se busque a duras penas se encuentran piedras para picar; ya están todas desmenuzadas. Por eso, como ya no quedan piedras, hay que inventarlas y así es como se ha dado con la cantera del "organizar la vida de los demás": millones y millones de personas viven de picar ese tipo de piedras que por desgracia producen un polvo que lo intoxica todo.  

Así que no se dejen engañar con la cosa de las ideologías, porque eso no existe. El conflicto del mundo actual está a mi juicio muy bien definido y no es otro que la natural animadversión que sienten los que trabajan hacia los que quieren vivir a costa de ellos... cada vez más y más y más; hoy día, por cada uno que trabaja se diría que hay cien que intentan organizarle la vida. Y claro, imagínense a esos cien empujándose los unos a los otros para poder tocar pelota. Es una lucha a muerte ente parásitos que lo emponzoña todo. 

En sustancia, todo ello, y perdonen que me reitere, no es más que la consabida maldición prometeica: los dioses se vengan por el uso que hacemos de todo el conocimiento que les hemos robado. Y es que a los humanos nos mata la soberbia que es el peor de todos los pecados a los ojos de los dioses. Y por eso es que nos pudren el espíritu para que nos matemos los unos a los otros y volvamos al estado primigenio. Es el cuento de nunca acabar.

lunes, 1 de abril de 2024

La túnica sagrada

En uno de esos momentos de aburrimiento en medio de la Semana Santa, enciendo la televisión por la 13 que es la cadena de la Iglesia. Están emitiendo "La Túnica Sagrada". Me quedo colgado.  Me aviva el recuerdo de la primera vez que la vi; una de aquellos jueves o domingos, mediados los cincuenta, en los que mis padres venían a vernos a la ciudad en la que vivíamos a pupilaje y nos llevaban al cine. Es una historia impactante muy al estilo de los libros de Gorki, aquel escritor ruso que nos contaba como se iba consolidando el partido comunista. Porque esa es la cuestión, que el cristianismo y el comunismo, en sus inicios, primos hermanos. Su deriva posterior ya es otra cosa por cuestiones de inteligencia: en eso el cristianismo gana al comunismo por goleada.  

"Es de los nuestros", es una frase que los cristianos repiten muchas veces a lo lo largo de la película. Son todos buenos a rabiar. Con el espíritu inflamado de amor cósmico... hacia los de su cuerda, claro está. En cierta medida pude observar semejante actitud muy de cerca cuando estaba en los inicios de mi carrera profesional: en el sitio en el que trabajaba se instaló una célula comunista que poco a poco se fue haciendo con todo. Era gente con la que había confraternizado en mi calidad de tonto útil. Pero cuando sus intenciones me quedaron meridianamente claras, me aparté a un lado y empezó una deriva de desprecio por mi parte y odio por el suyo que me hizo la vida sumamente desagradable, lo cual, dicho sea de paso, me vino de perillas, porque fue el empujón que necesitaba para saltar por el portillo del caer en la cuenta de que lo mío no era aquello en la que estaba: me sentía encadenado y me desencadené de golpe sin pararme en mientes. Al final resultó ser, estoy convencido de ello, lo mejor que hice a lo largo de toda la vida.

Viendo esa película, recordando a aquella gentecilla, siento todo el horror de la pertenencia a algo concreto. Pertenecer a lo que sea es como confesar la impotencia de ser por ti mismo. Es, en definitiva, un ser defectuoso, mutilado, que solo puede andar con ortopedias. La ortopedia de la pertenencia. ¡Vade retro! Todavía hoy hay quien me recuerda que yo también pertenecí a aquello. Son los restos de su odio por el desprecio que les mostré. Nunca he pertenecido a nada, ni siquiera a la congregación de María Inmaculada que era casi obligatoria en el colegio. Seguramente esa aversión es una herencia paterna. Pero da igual, porque si la gentecilla, para sobrevivir, necesita recordarte como uno de los suyos, que lo haga. Yo, tengo la conciencia bien tranquila al respecto. Una cosa es transitar por las ideas a la búsqueda de un progresivo afinamiento y otra diametralmente opuesta es quedarse colgado de una de ellas que te proporciona el calor del rebaño: la túnica sagrada.