Desde antiguo están reflejados en los textos aquellos que tienen por costumbre mirar la berza y coger el tocino.
miércoles, 14 de mayo de 2025
Soberanía
martes, 1 de abril de 2025
El cuento de nunca acabar
La capacidad del mundo para producir bienes de consumo es incalculable. Uno vive en un barrio popular, de gente menestral, y la sensación que se percibe por doquier es la de cuerno de la abundancia. El otro día escuchaba conversar a los dos jóvenes que, guitarra en bandolera, mendigan a la puerta de un Mercadona: discutían sobre las ventajas comparativas entre un BMW y un Audi; desde luego que a simple vista nadie les distinguiría de unos alumnos de la UCLA.
¿Dónde está el problema, entonces? ¿Por qué esa pudrición de los espíritus que amenaza con hacerlo saltar todo por los aires? Yo diría que el problema estriba en el poco tiempo y esfuerzo que se necesita para producir esa ingente cantidad de riqueza. Así es que hay tal cantidad de tiempo libre que no hay forma de evadirse de los malos pensamientos. El que tiene uno, quiere tener dos, se cantaba en aquellos años del cuplé, cuando la opulencia era cosa de cuatro. La insatisfacción es consustancial al ser humano y, que yo sepa, no hay otra forma de obviarla que poniéndote a picar piedras. Y ese es el punto y la madre de todo este desaguisado, que por mucho que se busque a duras penas se encuentran piedras para picar; ya están todas desmenuzadas. Por eso, como ya no quedan piedras, hay que inventarlas y así es como se ha dado con la cantera del "organizar la vida de los demás": millones y millones de personas viven de picar ese tipo de piedras que por desgracia producen un polvo que lo intoxica todo.
Así que no se dejen engañar con la cosa de las ideologías, porque eso no existe. El conflicto del mundo actual está a mi juicio muy bien definido y no es otro que la natural animadversión que sienten los que trabajan hacia los que quieren vivir a costa de ellos... cada vez más y más y más; hoy día, por cada uno que trabaja se diría que hay cien que intentan organizarle la vida. Y claro, imagínense a esos cien empujándose los unos a los otros para poder tocar pelota. Es una lucha a muerte ente parásitos que lo emponzoña todo.
En sustancia, todo ello, y perdonen que me reitere, no es más que la consabida maldición prometeica: los dioses se vengan por el uso que hacemos de todo el conocimiento que les hemos robado. Y es que a los humanos nos mata la soberbia que es el peor de todos los pecados a los ojos de los dioses. Y por eso es que nos pudren el espíritu para que nos matemos los unos a los otros y volvamos al estado primigenio. Es el cuento de nunca acabar.
lunes, 1 de abril de 2024
La túnica sagrada
En uno de esos momentos de aburrimiento en medio de la Semana Santa, enciendo la televisión por la 13 que es la cadena de la Iglesia. Están emitiendo "La Túnica Sagrada". Me quedo colgado. Me aviva el recuerdo de la primera vez que la vi; una de aquellos jueves o domingos, mediados los cincuenta, en los que mis padres venían a vernos a la ciudad en la que vivíamos a pupilaje y nos llevaban al cine. Es una historia impactante muy al estilo de los libros de Gorki, aquel escritor ruso que nos contaba como se iba consolidando el partido comunista. Porque esa es la cuestión, que el cristianismo y el comunismo, en sus inicios, primos hermanos. Su deriva posterior ya es otra cosa por cuestiones de inteligencia: en eso el cristianismo gana al comunismo por goleada.
"Es de los nuestros", es una frase que los cristianos repiten muchas veces a lo lo largo de la película. Son todos buenos a rabiar. Con el espíritu inflamado de amor cósmico... hacia los de su cuerda, claro está. En cierta medida pude observar semejante actitud muy de cerca cuando estaba en los inicios de mi carrera profesional: en el sitio en el que trabajaba se instaló una célula comunista que poco a poco se fue haciendo con todo. Era gente con la que había confraternizado en mi calidad de tonto útil. Pero cuando sus intenciones me quedaron meridianamente claras, me aparté a un lado y empezó una deriva de desprecio por mi parte y odio por el suyo que me hizo la vida sumamente desagradable, lo cual, dicho sea de paso, me vino de perillas, porque fue el empujón que necesitaba para saltar por el portillo del caer en la cuenta de que lo mío no era aquello en la que estaba: me sentía encadenado y me desencadené de golpe sin pararme en mientes. Al final resultó ser, estoy convencido de ello, lo mejor que hice a lo largo de toda la vida.
Viendo esa película, recordando a aquella gentecilla, siento todo el horror de la pertenencia a algo concreto. Pertenecer a lo que sea es como confesar la impotencia de ser por ti mismo. Es, en definitiva, un ser defectuoso, mutilado, que solo puede andar con ortopedias. La ortopedia de la pertenencia. ¡Vade retro! Todavía hoy hay quien me recuerda que yo también pertenecí a aquello. Son los restos de su odio por el desprecio que les mostré. Nunca he pertenecido a nada, ni siquiera a la congregación de María Inmaculada que era casi obligatoria en el colegio. Seguramente esa aversión es una herencia paterna. Pero da igual, porque si la gentecilla, para sobrevivir, necesita recordarte como uno de los suyos, que lo haga. Yo, tengo la conciencia bien tranquila al respecto. Una cosa es transitar por las ideas a la búsqueda de un progresivo afinamiento y otra diametralmente opuesta es quedarse colgado de una de ellas que te proporciona el calor del rebaño: la túnica sagrada.