lunes, 1 de abril de 2024

La túnica sagrada

En uno de esos momentos de aburrimiento en medio de la Semana Santa, enciendo la televisión por la 13 que es la cadena de la Iglesia. Están emitiendo "La Túnica Sagrada". Me quedo colgado.  Me aviva el recuerdo de la primera vez que la vi; una de aquellos jueves o domingos, mediados los cincuenta, en los que mis padres venían a vernos a la ciudad en la que vivíamos a pupilaje y nos llevaban al cine. Es una historia impactante muy al estilo de los libros de Gorki, aquel escritor ruso que nos contaba como se iba consolidando el partido comunista. Porque esa es la cuestión, que el cristianismo y el comunismo, en sus inicios, primos hermanos. Su deriva posterior ya es otra cosa por cuestiones de inteligencia: en eso el cristianismo gana al comunismo por goleada.  

"Es de los nuestros", es una frase que los cristianos repiten muchas veces a lo lo largo de la película. Son todos buenos a rabiar. Con el espíritu inflamado de amor cósmico... hacia los de su cuerda, claro está. En cierta medida pude observar semejante actitud muy de cerca cuando estaba en los inicios de mi carrera profesional: en el sitio en el que trabajaba se instaló una célula comunista que poco a poco se fue haciendo con todo. Era gente con la que había confraternizado en mi calidad de tonto útil. Pero cuando sus intenciones me quedaron meridianamente claras, me aparté a un lado y empezó una deriva de desprecio por mi parte y odio por el suyo que me hizo la vida sumamente desagradable, lo cual, dicho sea de paso, me vino de perillas, porque fue el empujón que necesitaba para saltar por el portillo del caer en la cuenta de que lo mío no era aquello en la que estaba: me sentía encadenado y me desencadené de golpe sin pararme en mientes. Al final resultó ser, estoy convencido de ello, lo mejor que hice a lo largo de toda la vida.

Viendo esa película, recordando a aquella gentecilla, siento todo el horror de la pertenencia a algo concreto. Pertenecer a lo que sea es como confesar la impotencia de ser por ti mismo. Es, en definitiva, un ser defectuoso, mutilado, que solo puede andar con ortopedias. La ortopedia de la pertenencia. ¡Vade retro! Todavía hoy hay quien me recuerda que yo también pertenecí a aquello. Son los restos de su odio por el desprecio que les mostré. Nunca he pertenecido a nada, ni siquiera a la congregación de María Inmaculada que era casi obligatoria en el colegio. Seguramente esa aversión es una herencia paterna. Pero da igual, porque si la gentecilla, para sobrevivir, necesita recordarte como uno de los suyos, que lo haga. Yo, tengo la conciencia bien tranquila al respecto. Una cosa es transitar por las ideas a la búsqueda de un progresivo afinamiento y otra diametralmente opuesta es quedarse colgado de una de ellas que te proporciona el calor del rebaño: la túnica sagrada.  

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