La capacidad del mundo para producir bienes de consumo es incalculable. Uno vive en un barrio popular, de gente menestral, y la sensación que se percibe por doquier es la de cuerno de la abundancia. El otro día escuchaba conversar a los dos jóvenes que, guitarra en bandolera, mendigan a la puerta de un Mercadona: discutían sobre las ventajas comparativas entre un BMW y un Audi; desde luego que a simple vista nadie les distinguiría de unos alumnos de la UCLA.
¿Dónde está el problema, entonces? ¿Por qué esa pudrición de los espíritus que amenaza con hacerlo saltar todo por los aires? Yo diría que el problema estriba en el poco tiempo y esfuerzo que se necesita para producir esa ingente cantidad de riqueza. Así es que hay tal cantidad de tiempo libre que no hay forma de evadirse de los malos pensamientos. El que tiene uno, quiere tener dos, se cantaba en aquellos años del cuplé, cuando la opulencia era cosa de cuatro. La insatisfacción es consustancial al ser humano y, que yo sepa, no hay otra forma de obviarla que poniéndote a picar piedras. Y ese es el punto y la madre de todo este desaguisado, que por mucho que se busque a duras penas se encuentran piedras para picar; ya están todas desmenuzadas. Por eso, como ya no quedan piedras, hay que inventarlas y así es como se ha dado con la cantera del "organizar la vida de los demás": millones y millones de personas viven de picar ese tipo de piedras que por desgracia producen un polvo que lo intoxica todo.
Así que no se dejen engañar con la cosa de las ideologías, porque eso no existe. El conflicto del mundo actual está a mi juicio muy bien definido y no es otro que la natural animadversión que sienten los que trabajan hacia los que quieren vivir a costa de ellos... cada vez más y más y más; hoy día, por cada uno que trabaja se diría que hay cien que intentan organizarle la vida. Y claro, imagínense a esos cien empujándose los unos a los otros para poder tocar pelota. Es una lucha a muerte ente parásitos que lo emponzoña todo.
En sustancia, todo ello, y perdonen que me reitere, no es más que la consabida maldición prometeica: los dioses se vengan por el uso que hacemos de todo el conocimiento que les hemos robado. Y es que a los humanos nos mata la soberbia que es el peor de todos los pecados a los ojos de los dioses. Y por eso es que nos pudren el espíritu para que nos matemos los unos a los otros y volvamos al estado primigenio. Es el cuento de nunca acabar.
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