Sales a la calle, ¿a qué?, pues a qué va a ser, a contar tus penas al primero que se te cruza por aquello que dicen de que penas contadas, penas aliviadas. Así es que te sientas por ahí con cualquiera y, a la que te descuidas ya te está contando sus padecimientos. Y, si hay varios en la conversación, se quitan la palabra los unos a los otros para contar los suyos porque, a lo que se ve, todo el mundo tiene un buen lote de ellos. Y es que los padecimientos son el último clavo ardiendo al que poder agarrarse para recuperar la sensación de vida que la pérdida de soberanía individual te ha arrebatado.
No sé si ustedes lo recordaran, pero hace cuatro o cinco años las circunstancias nos dieron la oportunidad de testarnos la soberanía individual por el simple procedimiento de dejarse o no dejarse meter un palito por la nariz... bueno, algunos preferían que se lo metiesen por el culo. ¿Qué es lo que se puso de manifiesto con ese test?:
1º.- Pensamiento crítico. ¿Cuánta gente estabas viendo morir a tu alrededor? ¿Conocías a alguien que le hubiese pasado algo al respecto? ¿Escuchabas o no escuchabas a otros expertos que no fuesen los oficiales del régimen? ¡Contéstate tú mismo y ponte la puntuación!
2º.- Autonomía corporal. ¿Acaso hay algo más sagrado que el propio cuerpo? ¿No vas a procurar informarte, y pensártelo dos veces después, antes de dejarte meter cualquier cosa por él? Porque, qué nadie me diga que no había informaciones alternativas a la oficial porque con ello está demostrando su miseria intelectual. En fin, daba todo más risa que la etiqueta del Anís del Mono: soy el mejor, la ciencia lo dice y yo no miento.
3º.- Decir tu verdad. Tu verdad contrastada con la de los mejores y no con la de la chusma atemorizada. ¿Acaso no teníamos internet para saber lo que decía Luc Montagnier sobre el virus o Alexandra Henrion-Caude sobre las terapias génicas? No hay excusas al respecto.
4º.- El regalo del discernimiento. Tirar ese regalo, el más valioso que nos hicieron los cielos, por el desagüe, es la mayor ofensa que nos podemos hacer a nosotros mismos. Negarse a pensar por uno mismo en aras de que te den un carné para poder entrar en los bares es el colmo de la miseria moral.
5º.- Resistir a la tiranía. ¿Es que podía haber alguien tan sumamente cobarde como para no ser consciente de que le estaban robando sus más elementales derechos? En mis ochenta años de vida nunca había visto cosa semejante... y eso que durante mis cuarenta primeros viví en lo que se decía era una tiranía. Visto lo visto, ahora dudo mucho de que lo fuese.
6º.- Defender a los hijos. Desde el primer momento traté de poner en guardia a mi descendencia. Si tuve éxito o no, ese es otro asunto; lo que cuenta para mí es que lo intenté y que los cielos son testigos de ello.
7º.- Distanciarse del sistema social. Cada vez que oigo la palabra socializar, salgo corriendo. ¿Es que puede haber algo más demoledor para la propia soberanía que necesitar la aquiescencia de los demás? El ir por libre siempre ha sido y será la clave de una vida cumplida.
En fin, allá cada cual con su conciencia, que yo ya tengo bastante con la mía.
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