Seguramente no se ha inventado palabra que mejor denote una mezcla de ingenuidad, estupidez y pulsiones suicidas, que progresismo. Cuando era joven, calificar de progre era como un label de calidad. O eras progre o, por contra, reaccionario, lo peor de lo peor. Lo cual no quitaba para que tanto unos como otros estuviesen en lo mismo, creyéndose a pies juntillas que a la naturaleza se le puede torcer el brazo. Porque lo de renunciar a ganar tiempo al tiempo no se hizo para cualquier cerebro. Nos marcaron el camino los dioses con su famoso don de la ubicuidad... embuste donde les haya.
Toda la historia de la humanidad ha sido un puro correr en pos de esa quimera. Y no hay día que nos levantemos que no acabemos pensando que hemos dado otro pasito hacia la ansiada meta. Más rápido, más limpio, más silencioso... al final va a ser como lo de aquella famosa metáfora del rayo de luz que pasaba por un cristal sin romperle no mancharle.
Nunca suelo tomar taxis, pero el otro día tenía tanto frío y estaba tan cansado que pillé uno al vuelo. Me llamó la atención lo suave y silencioso que arrancó y así se lo hice notar al taxista. El resto del camino hasta llega a casa en menos de cinco minutos todo fue un puro cantar loas al coche eléctrico. ¡Vaya, me dije, hemos retorcido un poco más el brazo a la naturaleza! Y, total, como desde aquí no se oyen sus quejidos... pues todo son ventajas. Las ventajas del progreso.
Pues no, señores, al tiempo no hay forma de ganarle tiempo. Cuando más silencioso y limpio es aquí, más ruidoso y sucio es allá. Y si no habían caído en la cuenta, echen una ojeada a donde se extraen las materias primas que hacen posible el milagro.
Sí, ya me lo decía el otro día un sobrino, que hace falta mucho sentido religioso para que todas estas cosas cuelen.
En fin, Pilarín, que un poco más tontos y no nacemos. Sobre todo, los progres.