Si hay un personaje controvertido, y por ende trágico, en la antigüedad clásica, ese es Coriolano. Tan es así que hasta Shakespeare le dedicó la que algunos consideran su mejor tragedia. El caso es que estos días que, a falta de mejor entretenimiento andaba demorándome por la Vidas Paralelas de Plutarco, he vuelto a toparme con el personaje y he comprendido una vez más lo difícilmente abarcable que es. Huérfano, educado por su madre en el culto de Marte, no tarda en dar grandes triunfos a Roma. Cargado como está de laureles, aspira a gobernar, pero se encuentra con la oposición de la plebe. Es demasiado aristocrático para su gusto y por eso le envía al destierro. Se siente traicionado y lleno de despecho organiza su venganza. Se alía con los enemigos a los que antaño había derrotado y pone sitio a Roma, la ciudad en la que la plebe le había humillado y los patricios no le habían defendido. Roma, por así decirlo, estaba acojonada. Todos pensaban que Coriolano era invencible y, eso, les paralizaba. Ni siquiera habían organizado la defensa. Fue entonces cuando un grupo de mujeres toma el asunto en sus manos. Acuden a casa de Volumia, la madre de Coriolano y la ruegan que suplique a su hijo que levante el cerco que tiene puesto a Roma. Volumia accede al ruego y va, acompañada de nuera y nietos, a ver a Coriolano. Aquí es donde Shakespeare da el do de pecho. Esos discursos que se echan entre si madre e hijo no son para contados. El caso es que Coriolano cede, levanta el cerco y se va con sus aliados que, a su vez, se sienten traicionados y no dudan en matarle.
Y eso es todo, pero, claro, yendo paso a paso, nos tenemos que detener en el meollo de la cuestión. El sentimiento profundamente aristocrático de Coriolano es radicalmente incompatible con la volubilidad de la plebe. Por así decirlo, el eterno problema de la humanidad. La masa recurre al individuo para que le saque las castañas del fuego, pero una vez que las ha sacado, ya, antes de que se enfríen, no le quieren. Ya saben, es aquello de que nadie es más que nadie. Y ahí se acaba la cosa. Porque como la plebe no lee El Quijote ignora la segunda parte de la oración, la que asegura que nadie es más que nadie si no ha hecho más que nadie. Y el caso es ese, que Coriolano había hecho muchísimo más que toda la plebe junta. ¡Imagínense la envidia y el rencor acumulados en su contra!
En cualquier caso, ¡qué mal asunto es la ambición! Porque, ¿acaso no tenía ya bastante Coriolano con todos los laureles que llevaba sobre su cabeza? ¿Qué necesidad tenía de gobernar? Y, decepcionado ya, ¿a quién en su sano juicio se le ocurre semejante venganza? No, desde luego que da mucho de sí el personaje. Porque, ¿qué hubiera pasado si no cede a los ruegos de su madre? ¿Habría convertido a Roma en una tiranía? Bueno, en tal caso, se hubiera adelantado quinientos años a Cesar. A la postre, nada de nada.
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