Anoche, mientras me dedicaba a mis cosas, miraba de vez en cuando a la pantalla en donde estaban pasando la película Johnny Guitar. En realidad, lo que diferencia unas de otras a todas esas películas de cariz bíblico que conocemos como westerns no es otra cosa que la pureza del mal que consiguen alcanzar.
Posiblemente, esa pureza no sea más que una cuestión de estética. La estética del mal. Desde luego que no debe de ser fácil recrear las más bajas pasiones del ser humano sin caer en la chabacanería. De hecho, pienso, aguantamos todas esas películas porque estamos condenados irremisiblemente a que nos guste la chabacanería. Y es que, quizá, así, el mal sea más soportable.
Esa mujer que aparece en Johnny Guitar, cegada por el odio que brota de esa mezcla de envidia y celos, es vulgar a más no poder. Un folletín de tres al cuarto. La niña mal educada que como no puede conseguir el juguete que quiere lo rompe todo tratando de olvidar que lo que en realidad quiere destruir es a sí misma.
Todos somos así en mayor o menor grado, pero cuando, a golpe de estética, se consigue dibujar un grado superlativo de maldad, parece como que lo nuestro pelillos a la mar. Son, en definitiva, maneras infantiles de liberar nuestras angustias.
No sé, porque cada vez me aburren más estas historias. Las soporto, quizá, porque a veces la belleza del paisaje por donde cabalgan los centauros combinado con una música agraciada me produce una sensación de paraíso que desvanece toda sensación del mal que fatalmente lo anega todo.
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