Me envía Santi sus "Sonetos de Violante" y me vuelven a parecer extraordinarios. Con motivo de estas relecturas entablamos conversación. Me dice: "Creo que de lo que dices hay dos cosas. Se nos enseña la cosa equivocada de que la literatura es un juguete que debemos disfrutar pasivamente, leyendo y nada más. Es mentira: la ficción ha de ser patrimonio de todos, en especial de los más jóvenes. Las clases de literatura del bachillerato deberían ser:
1. Día primero: escribir un poema con la métrica del Mío Cid.
2. Día segundo: ídem de un poema de Cuaderna vía.
3. Día tercero: lo mismo, pero de un enxiemplo como los del Conde Lucanor, y así sucesivamente.
...
La enseñanza, sin enseñar primero a escribir, no vale para nada. Quien es incapaz de plasmar sus ideas ordenadamente en un papel, no vale un duro como intelectual."
Por supuesto que añade muchas cosas de enjundia, pero no quiero cansar. El caso es, pienso yo, que, si nadie te enseña a escribir, tú puedes aprender por tus propios medios. Seguramente lo único necesario es sentir la necesidad. Querer, más que cualquier otra cosa, saber expresarte con sentido, que eso es escribir. Porque no se piensen que es fácil expresarse con sentido tan pronto te sales de las cuestiones banales de la supervivencia diaria. Más bien, con solo bordear lo abstracto te sueles hacer, como se dice vulgarmente, con la picha un lio y ni dios te entiende. Por eso son tan aburridas las conversaciones con la mayoría de la gente, ¡y qué le vamos a hacer!, que diría Borges.
Pues sí, lo confieso, las dos niñas de mis ojos durante los últimos cuarenta años han sido la escritura y la guitarra. Dos sendas que no tienen fin y, más, cuando caminas por ellas cojo. Pero en cualquier caso se avanza y, a estas alturas, no me puedo quejar de lo que ya vislumbro.
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