viernes, 10 de marzo de 2023

Panacea

No es que a estas alturas de la vida me importé ya un comino, pero como esta mañana andaba filosofando con Carlos sobre los coches he dado en ponerme a pensar si la posesión del coche me ha aportado algo o, por contra, ha sido otro de los muchos lastres que me he echado encima, la mayoría de las veces, tengo que confesarlo, con la pretensión de aliviarme un mal momento. 

Vaya por delante que nunca necesité el coche como instrumento de trabajo. Ni tampoco como herramienta de logística. A lo sumo, en algunas circunstancias, me hubiese podido arreglar divinamente con una bicicleta. Siempre que lo tuve fue tratando de mejorar los rendimientos de mi ocio. Abarcaba más territorio ganando en independencia. Esa era, al menos, la excusa con la que compensaba de sobra las indudables sevicias que la posesión de tal artilugio conlleva. 

Esa es la cuestión a dilucidar: ¿realmente, se abarca más territorio? ¿Se gana en independencia? Ya digo, a estas alturas, me importa un comino, porque a lo hecho pecho. Pero desde mi perspectiva actual es inevitable que albergue serias dudas respecto de esas verdades que la cultura dominante considera incuestionables. 

El caso es que un buen día, hace casi cuarenta años, decidí recorrer la Sierra de Francia y Las Hurdes a pinrel. Fui hasta La Alberca en autobús y, de allí, andando hasta Casares de las Hurdes donde volví a tomar otro autobús que me retorno al origen. Chino-chano, un paso detrás de otro durante diez días, subiendo y bajando, hablando con los pastores, durmiendo y comiendo donde cuadraba y, sobre todo, descansando en todos los lugares amenos, que no fueron pocos, que el camino brindaba. Pues bien, nunca había hecho recorrido que me hubiese proporcionado tal sensación de haber llegado tan lejos. Ni tal diversidad de experiencias ni tal riqueza de anécdotas. De hecho, lo intenté plasmar en un librito que iba escribiendo cuando descansaba a la sombra en cualquier vuelta del camino. Mi compañera de recorrido le puso unos dibujos muy graciosos. Por ahí anda el invento, perdido en el fondo de cualquier cajón. 

En los últimos quince años he recorrido territorios en bicicleta y, también, la sensación ha sido de inmensidad. Lo que recorría en una semana apenas me hubiera llevado una mañana si hubiese ido en coche. Claro, en coche abarcas mucho, pero después de experimentar el pinrel y la bicicleta, te percatas de que la contrapartida de la velocidad es no ver ni enterarte de nada. O casi nada. 

No sé, porque reconozco que también he disfrutado con el coche. Y seguramente me ha ayudado a superar malos trances. Pero ha habido grandes periodos de mi vida en los que he prescindido de él sin que por ello haya sentido su carencia. Supongo que es como todo en la vida, ya saben, a falta de pan, buenas son tortas. Y ahí está siempre al quite el comerciante de turno para ofrecértelas como si fuesen la panacea. Y si uno anda pachucho, qué mejor que cualquier panacea. 

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