martes, 21 de marzo de 2023

Su majestad es coja

Como ya he pegado un repaso a los libros de mi biblioteca con formato adecuado a los bolsillos traseros de mis pantalones, he vuelto a recurrir al kindle, que es muy cómodo de trasportar, para mis excursiones campestres. Así es que ayer andaba por ahí, demorándome en todos los bancos que encontraba, para seguir con lo de Casanova, que mira que da detalles el tío. Ahora anda con un asunto que tiene con una monja que, a su vez, tiene otro con el embajador francés. El caso es que la monja se las trae. En el primer encuentro que tuvo con Casanova, el embajador lo estuvo observando todo por una mirilla secreta. Ha pasado el tiempo y, el embajador, que va y viene, quiere darse otra sesión de voyerismo. La diferencia ahora es que la monja le ha pedido permiso, cosa que no hizo la primera vez, a Casanova para poder ser observado. Por supuesto que Casanova se lo da, pero no sin antes haber mantenido con ella un intensa e interesante relación epistolar en la que se analizan pormenorizadamente las cuestiones psicológicas relacionadas con la exhibición de la intimidad en su grado más excelso. 

Lo de las relaciones epistolares siempre me ha llegado al alma. Y antes de que empezase toda esta mierda del internet, procuré en la medida de mis posibilidades, cultivarlas. Escribí y recibí muchas cartas que, un buen día, tiré a la basura convencido de que no había en ellas nada que recordase a Chordelos de Laclos, máximo exponente, según mi nada humilde criterio, del arte epistolar. 

Chordelos y Casanova son bastante coetáneos y no solo coinciden en lo de la habilidad para escribir cartas, también, curiosamente, comparten su afición por las matemáticas... aunque, esto, no sé a cuenta de qué coño lo traigo a colación. Porque a lo que yo quería ir es a cómo, según todos los indicios, hemos degenerado los humanos en lo que hace a nuestras capacidades expresivas por medio de la escritura. 

Claro que, me dirán que, para qué escribir cartas si hay otras formas de comunicarse más cómodas y directas. ¡Craso error! La comodidad y rapidez, no voy a negar ahora que tienen sus muchas ventajas, pero, también, no pocos inconvenientes. Y, sobre todo, para según y qué cosas, los inconvenientes sobrepasan con creces a las ventajas. Por ejemplo, para mantener en el tiempo una relación es infinitamente más poderosa la reflexión que exige la escritura que la vehemencia que promueve lo instantáneo. De hecho, todo lo directo e instantáneo acaba siendo devorado por las emociones y no por otra causa, seguramente, es que todas estas relaciones de hoy día se vayan al carajo a la primera de cambio. 

En resumidas cuentas, que lo que los dioses dan por un lado, lo quitan por otro. Y por eso estamos siempre en las mismas. Porque, si abarcamos más, apretamos menos. Y, en fin, entre el clavel y la rosa, su majestad escoja... ¿o era, es coja?  Se necesita la escritura para diferenciar según qué cosas que son críticas para que no salten chispas.  

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