Ayer, por fin, escuché cantar a los malvises. Bueno, la verdad es que es difícil saber si cantan o hablan, pero eso da igual porque lo que cuenta es que anuncia que la primavera ha llegado para quedarse. Ayer el viento roló de este a oeste y subieron las temperaturas. Hoy ha rolado a sur y han subido mucho más. Ya tocaba.
Y eso es todo, el mundo siguiendo su loco curso y yo avanzando a trancas y barrancas por la partitura de Oblivion. ¡Condenado Piazzolla! Quizá, me digo, debiera buscar otra partitura, pero no, es, sencillamente, que hay grados de dificultad que cuesta superar. Es como Sergio Assad, que quisiera tocar algo suyo, la Seis Brevidades, por ejemplo, pero ni aunque volviera a nacer. En fin, gracias que puedo con los preludios y algún choro de Villa-Lobos.
Por lo demás los griegos de la Anabasis ya han conseguido llegar a tierra amiga. Por el camino han vivido tales horrores que no son para contados. Desde luego que ellos se lo buscaron, porque nadie les mandó que se ganasen la vida con la espada. Podrían haberlo hecho con el arado, pero se ve que los dioses tienen dispuesto que el equilibrio del mundo solo se pueda mantener haciendo correr la sangre. En fin, qué locuras; ese poblado al que llegan y tienen que ver como las mujeres con sus niños en brazos se arrojan por los acantilados. También eso, así lo tenían dispuesto los dioses.
Bueno, vamos a ver qué se cuece hoy.
No hay comentarios:
Publicar un comentario