domingo, 5 de marzo de 2023

La pluma y la espada

Entre pitos y flautas las Guerras del Peloponeso duraron algo más de medio siglo. Fueron guerras por la hegemonía entre vecinos que acababan de perder el enemigo común. Lo que tienen de particular estas guerras es que un señor llamado Tucídides hizo un relato pormenorizado de ellas. Al final ganaron la partida los espartanos, debido, seguramente, a que recibieron generosa ayuda financiera del antiguo enemigo común, los persas. Claro, un conflicto tan largo siempre viene a tener las mismas tres consecuencias: una, que el territorio en el que se produce queda empobrecido; dos, que se crea una casta de guerreros que solo saben vivir de la guerra; tres, que las tecnologías del matar mejoran una barbaridad. 

Así fue que, tras acabarse las Guerras del Peloponeso, el destino natural de aquellos superespecializados guerreros griegos fuese ir a inmiscuirse en las disputas dinásticas que a la sazón tenían muy entretenidos a los persas. Acababa de morir Darío II dejando dos hijos que se disputaban el trono: Ciro el Joven y Artajerjes II. Los guerreros griegos apostaron por Ciro, no por nada sino porque pagaba mejor. Así que, cuando, en una de esas, los de Artajerjes consiguieron matar a Ciro, los griegos quedaron en una situación comprometida. Por así decirlo, tuvieron que largarse con el rabo entre las piernas. Y, esa retirada, una entre tantas de las que se produjeron a lo largo de la historia, tuvo una característica que la hizo única: que entre los griegos iba un tipo que había sido discípulo de Sócrates y que sabía escribir muy bien. Se llamaba Jenofonte y nos dejó un relato pormenorizado de aquella retirada: Anabasis. 

Un ejército que va de retirada por un territorio hostil. Pongamos que Cortés tras la Noche Triste. Ejemplos a lo largo de la historia los hay a montones porque tras cada conflicto siempre hay una parte de los perdedores que no se da por vencida. Lo que no es tan frecuente es que entre los que escapan haya un tipo que sepa escribir tan bien como Jenofonte, en el caso de los griegos, y Bernal Diez del Castillo, en el caso de los españoles.

Griegos y españoles, ¡tantas concomitancias! En los dos casos hay una milicia que se ha superespecializado tras lagos años de contienda. En el caso español, más de setecientos años. Pero, también, lo mismo que Jenofonte pasó por Sócrates, Cortés, que según las malas lenguas fue quien escribió la retirada de la Noche Triste, pasó por Salamanca. La espada y la pluma. No es cosa de ponerse ahora, como hiciera Don Quijote, a divagar sobre cuál de las dos es más importante, porque la cosa va de soi: para ganar la guerra, la espada; para ganar el recuerdo la pluma. Y esa fue la grandeza de griegos y españoles, que ambos dos tuvieron tanto de la una como de la otra y, por eso es, que nadie como ellos ha dejado al mundo un legado tan imperecedero. 

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