Ayer les mentaba el periplo a pinrel que hice por Las Hurdes, allá, por año 88 del siglo pasado, pues bien, como ando revisando todo lo que he escrito a lo largo de los años, estos días le ha tocado el turno a las notas que tomé durante ese periplo, que, por cierto, tienen la gracia añadida de los dibujos que iba haciendo sobre la marcha Carme, mi compañera de por entonces.
Tengo que decir que con esta relectura me lo he pasado especialmente bien. Ha sido tanto lo que se han avivado mis recuerdos que talmente parecía que recién venía de vivirlos. Es, por así decirlo, y perdonen la pedantería, el poder taumatúrgico de la escritura. Y es que es muy posible que, si hay una cisura que marque un antes y un después en la historia de la humanidad, esa sea la de la invención de la escritura. Y no por nada, sino porque es una tecnología que multiplica por mil la potencia de la memoria.
La memoria, que es como vivir por delegación. Porque ya no podría, ni echándole toda la voluntad que me queda, repetir una hazaña como aquella. Aquellas comidas, aquellos colchones... lo de las caminatas sería lo de menos porque, al respecto, G. a D., me queda bastante fuelle. Pero, en fin, sobre todo es la motivación: ahora no tengo ninguna porque, como dice mi querido Pessoa, ya he hecho todo lo que no había hecho y he visto todo lo que no había visto.
El caso es que el relato queda bastante salado y, el lunes, si los dioses no disponen lo contrario, bajaré a la copistería a que me hagan un par de ejemplares. ¡Narcisismo obliga!
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