No sé si fue Erza Pound el que en uno de sus poemas cita la cegadora luz sofoclea. Supongo que al 99,999 de la población mundial lo de cegadora luz sofoclea le dejará frío, pero es porque tuvieron la inmensa desgracia de no enterarse de que de las dos o tres cosas importantes que se pueden hacer en esta vida, una de ellas es, precisamente, leer, releer y volver a leer, las tragedias griegas. Esquilo, Sófocles y Eurípides: no hay otra santísima trinidad que se le pueda comparar.
En realidad, bien mirado, el arte, o es cegador, o es otra cosa. Entretenimiento para chachas, por ejemplo. Lo cual, tampoco es que esté mal, pero que no nos vendan la moto como si fuésemos turistas. El arte se produce con cuentagotas porque se necesita el concurso de los dioses que, como bien es sabido, son cualquier cosa menos generosos... si algo son, eso es celosos y, si no, miren lo que le pasó a Prometeo por ponerse a producir luz cegadora por su cuenta.
Pensaba en estas cosas porque, como ya les dije, ando leyendo la novela de Céline, Viaje al fondo de la noche, que es luz cegadora donde las haya: me ha puesto la cabeza desbocada. Es difícil digerir tanta aproximación a la verdad de este mundo. Porque los seres humanos tenemos una innata propensión a ser bastante repugnantes. ¡Y qué le vamos a hacer!, que diría Borges.
Lo que me deslumbra en esa novela de hace cien años es que se analiza con precisión de entomólogo forense la actual guerra que está teniendo lugar en los confines de Europa. Esa guerra que es todas las guerras. Los hermanos que ven partir a sus hermanos al frente solo tienen pensamientos para la posibilidad que se les está brindando de acrecentar su herencia: menos a repartir, en definitiva, que no otro objetivo es el de todas las guerras. Por no hablar de los nichos de negocio: guerra y enriquecimiento son conceptos que se conforman entre sí al estilo de mano y guante... sobre todo cuando hace frío.
Y luego, esa degradación moral que con tanto esmero nos esforzamos en ocultar en tiempos que decimos de paz, cuando viene lo que llamamos guerra, es como cuando Perséfone escapa del Hades y sale a la superficie, Digamos que se recoge la cosecha. En tiempos de guerra todo está permitido menos sugerir la verdad de las cosas. Cualquiera que se atreva a sugerirlo, primero, le mandan al manicomio y, si insiste, aparece con un tiro en la nuca en cualquier callejón oscuro.
La verdad es que no sé si merecerá mucho la pena someterse a sesiones de luz sofoclea. Aunque uno es como es y no puede evitarlo. Además, que uno viene ya de muy atrás enganchado a ese vicio. Querer penetrar la realidad como si así fuese a conseguir unos instantes de sosiego. La típica ilusión de los condenados por desconfiados... o por no resignarse a babear.
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