Supongo que los rusos de hoy son los escitas de ayer, justo aquellos a los que tantos emperadores persas intentaron someter, siempre infructuosamente. Y ese es el caso, que, como estos que mandan en occidente no han leído a Heródoto no tienen ni idea de con quién se las están jugando. Ya le pasó a Napoleón, y luego a Hitler, que fueron a por los escitas y se pegaron un morrocotudo batacazo.
Servidor, como conoce bien la estepa castellana y a sus gentes se hace una idea de por qué los escitas son imbatibles. Acostumbrados a la lucha contra los elementos, cuando les llega el invasor es cosa de niños para ellos. Tienen tanto territorio para retirarse y dejarle que se confíe que, después, solo tienen que esperar la primera nevada para tenerle atrapado en un cepo.
El único escita del que se tiene noticia es Anacarsis, un aristócrata que anduvo de gira por las islas griegas. El conde de Bartelemy, un ilustrado francés del siglo XVIII, llevó a la ficción esos viajes dejándonos con ello un entretenido compendio de la cultura clásica griega. Pero, ya digo, ficción. Lo único que pudiera ser realidad sobre los escitas es, que yo sepa, lo que nos cuenta Heródoto. Que tampoco es mucho, aunque sí curioso. Por ejemplo, que no querían contaminarse con las costumbres de otras culturas y por eso, si alguno de entre ellos había osado salir de su territorio a comprobar que había más allá, si regresaba, de inmediato le mataban antes de que hubiese podido contar algo. Por lo demás, eran como cualquier otro pueblo, los que vivían en llanuras se dedicaban a la ganadería y los que lo hacían en las cuencas de los ríos a la agricultura. Así que los unos eran nómadas y los otros urbanitas. Nada de particular, en definitiva.
Los rusos de hoy día, al parecer, tampoco se quieren contaminar, por más que lo tengan difícil. En cualquier caso, siguen siendo de entre los europeos los más apegados a los valores tradicionales. Con ello quiero decir que, por ejemplo, en un pueblo ruso, el día más señalado del año es aquel en el que los niños dejan de vacar y comienzan el curso escolar. Ese día, toda la familia se viste de fiesta y va a la escuela a escuchar los discursos de las autoridades y, después, hacen una comida de hermandad con lo que cada uno ha llevado. O sea, hay familia, hay autoridad, sacralizan el aprendizaje y no papean a costa del Estado. ¿Se puede ser más tradicional que eso? Ah, bueno, sí, de lo de las ideologías de género y demás mandangas tan de moda por aquí, no quieren oír hablar. Les parece el colmo de la degeneración. A mi juicio, con toda la razón del mundo.
El caso es que, en este occidente degenerado, hay una manifiesta corriente de simpatía hacia los rusos y su tradicionalismo. No en vano se está produciendo como una especie de sunami hacia los nacionalismos conservadores. Uno tras otro, van cayendo todos los países. De hecho, en el país quizá más avanzado socialmente del Europa, y puede que del mundo, Suiza, hace más de cincuenta años que gobierna, por llamar de alguna manera meterse lo menos posible en la vida de los demás, un partido de corte conservador con matices nacionalistas.
En fin, por ahí andan diciendo que la OTAN ha amenazado a los rusos con volarles una central nuclear. Y los rusos han contestado: ¡pues anda que no tenéis vosotros un montón de ellas a tiro de piedra! Y así andan las cosas, creyendo una vez más que se puede dominar a los escitas.
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