Como les decía, ando leyendo las memorias de Casanova y la novela "El viaje al fin de la noche" de Céline. En ambos casos es difícil discernir lo que ambas dos tienen de memorias y lo que tienen de novelas, aunque lo de Casanova parezca más memorias y lo de Céline, novela. A decir verdad, memoria o novela, lo que sin duda se relata es una interpretación de la propia experiencia desde perspectivas condicionadas por diferentes personalidades, la de un ególatra compulsivo, en el caso de Casanova y la de un paranoico, no menos compulsivo, en el de Céline.
Lo que sí queda claro en ambos casos es que con un cerebro de los que se consideran equilibrados o normales lo más probable es que nunca se pueda ir más allá de ganar dinero o vulgaridades por el estilo. Para tener o, lo que viene a ser lo mismo, imaginar, una vida digna de ser contada se necesita algún tipo de trastorno psíquico de cierta cuantía... porque, uno de tres al cuarto lo tenemos casi todos y, como la realidad demuestra, solo nos sirve para emular a los corderos.
En cualquier caso lo que cuenta es la lucidez deslumbrante que suele proporcionar la locura. Esa penetración de la realidad que desnuda el alma de las personas capa a capa hasta dejarlas en carne viva. Luego, ya, al verlas de tal guisa, es cosa de cada uno sentirse reflejado en ellas o no y, si sí, tomárselo a coña o ponerse a llorar: cuestión de estados de ánimo, en cualquier caso, que, ahí, es el capricho de los dioses el que decide.
Y así paso la vida, colgado de la ficción las más de las horas. Bueno, a veces bajo a la realidad y voy caminando por los polígonos hasta un centro comercial para comprarme un pantalón. Entre eso y subirle luego los dobladillos... ¡Qué vida!
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