viernes, 7 de julio de 2023

Realce rey

Me cuenta Santi sus andanzas por el proceloso territorio de las lenguas. Polinesias, micronesias, indonesias, por lo visto hay miles y, cosa curiosa, se pueden rastrear los préstamos que las de aquí hicieron a las de allá y viceversa. Porque la gente siempre anduvo de un lado para el otro y los contactos nunca son en vano. Y en menos que nada en el asunto de las lenguas. Es como si todas tuviesen algunas palabras que, por su musicalidad, eufonía o lo que sea, se te quedan pegadas y, luego, tienes tendencia a usarlas en vez de las del mismo significado en tu propio idioma. A mí me pasa con un montón de palabras del inglés, francés y catalán que son las lenguas de las que tengo alguna idea. Me pongo a expresar una idea y sin mediar la menor intencionalidad introduzco una palabra foránea porque, supongo, mi cerebro se queda así más satisfecho. 

El caso es que el rastreo de esos préstamos tiene un valor incalculable en lo que hace al conocimiento de la historia de los pueblos. Quién pasó por aquí, quién se fue para allá, no hay contacto que no deje huella. Los libros de Heródoto son obsesivos acerca de esas huellas. Porque a la hora de la verdad ningún pueblo es como les enseñan a los chavales en las escuelas de Cataluña o el País Vasco que es que parece que les quieren convencer de que están allí, al estilo de las rocas, desde la explosión original. La realidad, desde luego, es bien distinta; no hay pueblo, o comunidad que esté donde está que no sea por haber llegado allí huyendo de algún peligro. Y unas veces exterminan lo que se encuentran y otras se mezclan. Y todo eso queda impreso en las lenguas. 

En fin, el caso es que, como dijo aquel famoso torero, hay gente pa tó. Y algunos, como Santi, tienen ese "realce rey", que diría Gracián, que es el don de las lenguas. Realce rey que, bien sure, ha necesitado del preceptivo cultivo para que haya podido dar sus frutos. Y esa y no otra es la cuestión que hace que una vida sea cumplida o no: el cultivo del realce. 

Por lo demás, qué sería de nosotros si los mejores no dedicasen sus más ímprobos esfuerzos al cultivo de lo aparentemente inútil. Ellos son los artífices de esa grandeza de espíritu que impide que la mezquindad inherente al pragmatismo que señorea a los petits se nos lleve por delante.

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