martes, 18 de julio de 2023

Los agatirsos

Parece ser que en dos o tres años la población de Ucrania ha caído de 44 millones a unos 30. Para creérselo solo hay que darse una vuelta por estas calles. Yo pensaba que eran rusos, pero el moldavo que limpia el portal me aclaró que en Santander solo hay ucranianos. Los rusos, dijo, están en Valladolid. Aquí se les ve felices. Tienen todo el trabajo que quieren y luego se van a pescar al muelle o a hacer barbacoas con la familia. Se les ve tan integrados que solo se les distingue por lo grandes que son. En cualquier caso, para esta Europa moribunda han sido una bendición: bien educados y formados, son un pegamento inmejorable para tapar las grietas que se van produciendo a causa de tantos años seguidos de opulencia. Y, encima, que tienen una condenada facilidad para los idiomas. 

Así que, en todo este lamentable asunto de la guerra promovida por la estupidez inherente a los imperios en retirada, podemos concluir una vez más que no hay mal que por bien no venga. Así es como se han regenerado siempre los pueblos, por medio de las guerras, porque, al parecer, es la única forma de que los humanos nos enteremos de lo que vale un peine. 

Por lo demás, por mucho que los intereses del mando en plaza se obstinen en poner el foco en esa guerra civil, los mandados dicen que no y le desvían, el foco, hacia otros asuntos que no por poner los pelos de punta dejan de campar por sus respetos. De repente, nos enteramos de que todos los años son raptados dos millones de niños que luego son utilizados para dar gusto a la legión de pedófilos que señorean el mundo. Porque esa es la cuestión, que el gusto por ese tipo de prácticas es algo tan arraigado en la especie humana que cuanto más se intenta desarraigar más se complica el asunto. Pasa como con todos los vicios que el puritanismo rampante cree poder eliminar por la fuerza: ¡sancta simplicitas! Allí donde se promulga una ley prohibicionista, allí es donde surge como por ensalmo una mafia que suministra a los quieren, o necesitan, esquivar la prohibición. Es como una ley de la naturaleza. Es muy probable que cuando Gide se iba de turismo pedófilo al norte de África no hiciesen falta para nada esas mafias que secuestran niños. Pero así son las cosas, de repente llega una ola de puritanismo y todo el equilibrio se va al carajo. Entonces no queda más remedio que hacer una película, The Sound of Freedom en el caso que nos ocupa, para que todo el mundo se pueda rasgar las vestiduras y sentirse una vez más mejor que los otros. No tiene solución el asunto: se podría mejorar matando a todos los que promulgan leyes, pero a ver quién es el que pone el cascabel a ese gato. 

Por cierto, que en el mundo siempre ha habido gente curiosa: ayer leía sobre los agatirsos, un pueblo que vivía por lo que ahora es Transilvania. Pues bien, parece ser que se pasaban el día follando todos con todas. Así se sentían todos familia y no había lugar a rencillas y envidias. Ya ven qué sencillo.  

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