Como dijo un poeta en cierta ocasión, una gran nube mental está descargando su rayo sosegado. Eso es lo que está pasando sin que la inmensa mayoría se entere de la fiesta. Sin embargo, los que están a los mandos de la nave ¡vaya que sí se enteran! Como niños con rabieta se han apresurado a dictar leyes que solo a gente subnormal se les ocurrirían. Quieren poner puertas al campo, retener el agua en un cesto, y cosas así. Y entonces van y crean ministerios de la verdad y ponen al frente de ellos a sus amigos más fanáticos. O sea, pararrayos de cartón.
Recuerda mucho a cuando allá por el renacimiento a la Iglesia católica no se le ocurrió mejor procedimiento para tratar de mantener su poder que crear la inquisición. Un instrumento de defensa de la verdad oficial que era la que les hacía a ellos poderosos. De todo punto inútil, porque por la propia naturaleza de las cosas, a medida que el rayo sosegado va descargando su energía, esa verdad oficial se va convirtiendo en la mentira de la que cada vez más gente se cachondea.
Y en eso es precisamente en lo que estamos, en el puro cachondeo. Ayer corría por las redes la imagen del presidente de Ucrania provisto de cubo y fregona paseando su desolación entre los actores de la bufonada de la OTAN. Ni dios le hacía puto caso porque así estaba escrito el guion. Como les ha salido mal lo de esa guerra ahora se ceban en el pobre chaval que lo más seguro es que acabe arrastrado por la turba enfurecida por las calles de Kiev. Al estilo Mussolini. Bueno, de momento, aquí, en este barrio en el que vivo, hay ucranianos para parar un tren. Así, en plan de no tener muchas ganas de defender su patria del alma. Prefieren abrir zanjas por las calles de la ciudad durante la semana e irse los domingos a hacer barbacoa a cualquier parque de la provincia. Se les ve orondos.
Aquí, lo que pasa, es que solo los depauperados intelectualmente atienden a los rituales del poder establecido: ven la televisión, leen los periódicos, van a votar e, incluso, si se lo piden, se dejan inocular cualquier pócima venenosa. Es la masa inerte que a efectos prácticos no cuenta para nada en lo que hace a la marcha del mundo. Luego están los Galileos y su estela de iniciados a los que se intenta parar poniendo, como les decía, puertas en el campo. Inútil de toda inutilidad, porque lo que sirve para controlar también sirve para evadirse.
En fin, cosas veredes, Sancho, que farán fablar las piedras.
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