Ayer había por la ciudad jóvenes, y jóvenas, como decía Don Emilio, el cura de mi pueblo, envueltos en una bandera multicolor que por lo visto es la que representa al colectivo de mariquitas y bolleras. La verdad es que no me extrañó nada porque hace unos días vi con cierta aprensión que todos los balcones de lo que ahora es delegación del gobierno y, en mis años mozos, gobierno civil, o sea, donde zurraban la badana a los que se metían en política, como entonces se decía de los que manifestaban su desacuerdo con el orden establecido... pues bien, como les decía, en todos esos balcones había una bandera de esas. Porque para eso están las delegaciones del gobierno, gobiernos civiles o como se quiera llamar a los organismos encargados de modelar la opinión pública.
Lo bueno del caso es que toda esa cutre y estéril barahúnda tiene, al parecer, como finalidad, según dicen las autoridades, poner una barrera al discurso del odio. Porque por lo visto la gente odia a los mariquitas y a las bolleras. Y yo, toda la vida tratándoles y sin enterarme. ¡Mira que soy miope! Hombre, sí, reconozco que esos muchachos y muchachas, a los que les rascas tienen algo así como una costra reivindicativa de lo suyo que es más o menos la que todos tenemos por unos u otros motivos. Claro, lo de utilizar el sexo con exclusivos fines placenteros tiene por fuerza que atraer una cierta animadversión, ya que, así, apaga y vámonos. Al fin y al cabo, es como si nos estuviesen diciendo: oye, el marrón te lo tragas tú, que yo me lo sé montar para estar solo a las maduras. Un infantilismo, desde luego, por el que se paga un precio. Sí, claro, los hijos, menudo marrón, y, encima, ahora van las autoridades, o ciertas autoridades, y te dicen que eres un marrano por haberlos tenido, que es que sobran para dar y tomar.
Es muy complicado todo esto, pero, como dice hoy Neil Oliver en su homilía dominical, desconfía de cualquiera que te venga con la milonga del discurso del odio por parte de los otros. Ya saben que prevención a destiempo, malicia arguye, que siempre nos recordaba mi padre ante cualquier manifestación de autocomplacencia. La realidad es casi siempre bien distinta, porque, si de algo carecemos, es de lo que presumimos tener y, si algo desagradable achacamos a los otros, suele ser de lo que nosotros tenemos a calderadas. Y qué le vamos a hacer si somos todos bastante tontitos. Y, encima, ahora van las autoridades y por aquello de que los trans, unos señores que no dudan en automutilarse por tal de hacerse notar, no se sientan humillados, exigen a los médicos que no pongan nunca vagina en sus informes, sino bonus hole que no sé si se podría traducir como agujero bonito o algo así. En fin, cosas de las autoridades a las que se supone un especial discernimiento de la jugada.
No sé, porque el caso es que por ahí iban ayer los chavales dando tres cuartos al pregonero. ¿Pero por qué no enseñarán en las escuelas, ya que se quieren dedicar a educar, que la herramienta quizá más poderosa para andar por la vida es la discreción? En resumidas cuentas, que qué pena me dan esos críos y qué asco las autoridades que les incitan a hacer cosas de las que muy posiblemente acabarán avergonzándose. ¡Ya te digo, enorgullecerse de tener unas u otras preferencias! ¡Qué gilipollez! Si al menos tuviesen que estudiar algo para ello... podría tener un pase.
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