sábado, 1 de julio de 2023

Divagaciones veraniegas

A medida que me voy haciendo más sabio menos alcanzo a comprender de dónde sale esa pulsión del ser humano que le lleva a querer, por encima de todo, dominar a los demás. Es una pulsión que marca como ninguna otra el curso de la historia y, siempre, en su faceta más siniestra, la de impedir a la gente irse de este mundo de forma natural, entendiendo por tal hacerlo tendido en la propia cama, o sea, como le gustaba a Foción que muriesen sus soldados. La verdad es que tampoco entiendo por qué se habla tan poco de Foción, porque mira que era inteligente aquel tipo. 

Uno observa esa guerra que hay por ahí, hacia el lado de levante. Unos señores que están a miles de kilómetros han decidido que era conveniente para sus intereses. Para ellos es una inversión más entre las muchas que tienen. Desde luego que no les quita el sueño. Si pierden, seguirán siendo ricos en la acepción más vulgar del término rico. Si ganan, lo mismo: seguirán teniendo todo lo que quieran para invertir en nuevas empresas de la misma calaña. Y a ellos, que les registren si alguien puede, ya que ni siquiera sabe nadie a ciencia cierta quienes son. 

En esto, el mundo no ha hecho más que perder calidad. Porque antaño, cuando alguien poderoso, pongamos por caso Ciro, rey de Persia, decide declarar la guerra a los escitas, que le habían estado dando pol saco, no se queda en su palacio de Susa esperando noticias del frente, no, por el contrario, se pone al frente de su ejército y, espada en mano, va a por ellos. Y muere en el intento. Había grandeza en aquel entonces. 

Pero, si las razones del querer dominar se me hurtan al entendimiento, mucho más lo hacen las del que no le importa ser dominado e, incluso, va a la guerra convencido de que está haciendo lo correcto. ¡Morir por la patria! ¡Pero, hombre de Dios, en qué mundo vive usted a estas alturas! Mira que hay que ser zoquete para no estar enterado que por lo que se muere en las guerras es por los intereses de los accionistas de tal o cual empresa que, ya sea porque quiere ampliar los mercados para sus productos, ya sea por que fabrica pepinos de los que explotan, el caso es que siempre salen ganado.

¿Ganando qué? ¡Qué ilusión más estúpida la de acumular cualquier cosa que sea que no quepa en la propia cabeza!  Así, acumulando solo en la cabeza, por lo menos, puedes tener la satisfacción de que tus herederos no se van a tener que pasar meses tirando cosas cuando te mueras. Les quitas de encima un gran marrón. 

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