domingo, 25 de febrero de 2024

Aristocracia

 El Marqués de Bradomín es un verdadero crack. No se arredra ante las dificultades. Ha ido al palacio de Brandeso a instancias de Concha, su prima y antigua amante que, a la sazón, estaba en las últimas. El morbo de la proximidad de la muerte aviva los rescoldos y pasa allí unos días entregado a las delicias del amor más puro. Hasta que sucede lo inevitable: los paroxismos del amor son fatales para los enfermos terminales. Así fue que se le quedó entre los brazos justo cuando lo estaban haciendo. ¡Qué delicadeza descriptiva la de Valle para tan escabroso suceso! Toda la presencia de ánimo de Bradomín, que es mucha, no se basta a evitarle un cierto grado de enajenación. Abandona la cámara y vaga sin rumbo por los largos corredores del palacio. Al fondo de uno de ellos ve un haz de luz que se cuela por debajo de una puerta. Es la habitación de Isabel, la prima que ha venido a visitarles trayendo consigo a las dos hijas de Concha. Bradomín abre la puerta y va hasta la cama donde duerme Isabel. La despierta y sin mas preámbulos le echa un polvo. ¡Más delicadeza descriptiva! Sosegado ya, vuelve a donde yace Concha, la toma en brazos y, dando un rodeo por todo el palacio para evitar encuentros indeseados, la lleva a su alcoba. Por el camino, la sedosa cabellera de Concha, que tanta poesía le había inspirado, se enreda en la manija de una puerta y, como no hay forma de desenredarla por las buenas, lo soluciona de un tirón que deja allí media cabellera. Deposita a Concha en su cama y se va a dormir a la suya. Era ya media mañana cuando le despiertan los juegos de las niñas en la terraza a la que dan las ventanas de su habitación. Las niñas van a darle los buenos días y a pedirle que mate al gavilán que se está lanzando con aviesas intenciones sobre las palomas que zurean cabe a la fuente del laberinto. ¡Mátalo! ¡Mátalo!, le gritan emocionadas. Bradomín, agarra una escopeta que había por allí y no yerra el tiro. Entonces, las niñas, quieren dar una sorpresa a su madre despertándola con la imagen del gavilán ensangrentado. No tarda, Bradomín, en oír desde su cámara los lloros y lamentos de las niñas. Por fin se ha descubierto el cadáver sin que su papel en la tragedia haya trascendido. Y colorín colorado, la Sonata de Otoño se ha acabado. 

Valle, como Casanova, al que hace padre espiritual de Bradomín, se siente atraído por la personalidad aristocrática, que no por otro motivo es que dedique sus sonatas a pormenorizar esa personalidad con todos sus vericuetos. Personalmente me identifico plenamente con esa admiración por el producto salido de la educación espartana. Los hijos de los aristócratas nunca fueron muy felices. Desde la más temprana edad fueron adiestrados para ser conscientes de que su papel en el teatro del mundo es el de pedagogos de costumbres. Siempre guardando las formas, en público y en privado. Lo cual, entre otras cosas, exige impavidez ante el peligro. O desapego de la vida, si así lo prefieren. El aristócrata es el individuo por antonomasia; la libertad hecha carne. Y, de ahí, no se puede ir más lejos. 

En fin, ya, a estas alturas, nada puedo hacer para mejorar la mezquindad inherente al pequeño burgués de provincias. Soy el producto de "tú, hijo, algo seguro".  A la postre, funcionario. ¡Y menos mal que salté a tiempo por el portillo de caer en la cuenta! Que de no haber sido así, no quiero ni pensarlo.  

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