martes, 6 de febrero de 2024

Por los cerros

 Azorín ha ido a Torrijos en funciones de periodista que ha concertado una entrevista con una asociación de campesinos, o algo así, porque no lo especifica. Lo único que nos cuenta es que los campesinos, o lo que fuesen, no acuden a la cita matinal con el pretexto de que el día anterior ha habido un baile de máscaras. Por lo visto, lo mismo que lo cortés no quita lo valiente, tampoco aquella miseria que nos relata quitaba las ganas de divertirse. Porque nos describe un Torrijos aterrador. Con esa precisión y belleza que es la marca de su literatura. 

Curiosamente hay muchas similitudes entre la Castilla que nos describe Casanova, corriendo los setenta del siglo XVIII y la que nos relata Azorín a principios del XX, y que tiene poco que ver con la que, yo mismo, en mis periplos, ya sea andando, ya en bicicleta, he podido comprobar a finales del XX y principios del XXI. Como los tres anduvimos por allí en calidad de viajeros es lógico que hayamos extraído muchas de nuestras conclusiones por la calidad de los alojamientos que tuvimos que padecer. Es como si las fondas de los pueblos lo dijesen todo de los pueblos. Y ahí, sí que puedo decirles que, por comparación con otras zonas de España, las fondas de Castilla siguen siendo en no pocos casos dechado de austeridades innecesarias. Y no es que yo haya tenido que ir al corral a hacer mis necesidades, pero, tengan en cuenta que hasta bien pasada la mitad del siglo XX, era en el corral  donde se aliviaban la mayoría de los castellanos. Es esa ausencia de confort que se confunde con la desidia. Aunque, por otra parte, la mayoría de las casas castellanas están provistas de lo que en unos lugares llaman enroje y en otras gloria, que viene a ser el sistema de calefacción más confortable que se conoce. En resumidas cuentas, que es difícil, y muy pretencioso, valorar las sociedades desde la condición de viajero. Esas casas terreras de los pueblos castellanos tienen su contrapunto en las iglesias que les dan sombra. ¿Cómo se llegaron a construir esas iglesias? Cómo en un pueblo como, por poner un ejemplo, Tamara puede haber una iglesia como La Moza de Campos. Abulta el doble la iglesia que el resto de todas las casas juntas. Nos cuenta Azorín de donde salió la impresionante iglesia renacentista de Torrijos: una donación de Doña Teresa Enríquez, la que fuera viuda del comendador mayor y contador mayor, una especie de factótum, de los Reyes Católicos. El tema de la espiritualidad no es privativo de Castilla ni de ninguna otra parte en concreto. Está siempre ahí. Hay que construir templos enormes para que nos recuerden nuestra insignificancia frente a la grandeza de Dios. Pero ésta es otra cuestión. 

Azorín sale a pasear por los alrededores de Torrijos y de vez en cuando se topa con un labriego y habla con él. A uno, que está removiendo la tierra con una azada, le pregunta si tiene agua para regar. Le contesta que podría hacer un pozo y ponerle artes, es decir una noria, pero que el agua come mucho la tierra y luego es necesario abonarla... así que no merece la pena porque los abonos son muy caros. Es una mentalidad. El agua come la tierra porque con ella produce. Si produce, se gana. Si se gana hay para comprar abonos. Pero todo eso es una concatenación de causas y efectos que fatigan de solo pensarlo. Y así estuvo el campo español hasta que llegó el comandante y mandó parar de compadecerse. Suministró agua por un tubo y obligó a los campesinos a ponerse las pilas. Y por eso es que vas ahora por el Páramo leones y te piensas que estás en Oklahoma, por aquellos maizales a perdida de vista en los que Gary Grant se ocultaba de sus perseguidores en Con la Muerte en Los Talones. 

Todas esas cosas de las que te enteras por los libros. Y que luego te hacen pensar. Esa perversión de la espiritualidad que desemboca en el esperpento. Así era España desde finales del XVII hasta bien entrado el siglo XX. La larga decadencia de los imperios. Cuenta Casanova que, estando en el teatro en Madrid, de pronto, el conserje de la puerta gritó Dios y, de inmediato, tanto los actores como el público se pusieron de rodillas, y así estuvieron hasta que se apagó el sonido de una campanilla que había llegado desde la calle. Y así cada vez que un cura pasaba por delante del teatro llevando el viático a un enfermo. Cuando el demonio se aburre, mata moscas con el rabo. Cuando los gobiernos son pantomimas, fomentan la superchería para sostenerse. En fin, me he ido por los cerros. 

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