Un año de los que estuve estudiando, por decir algo, en Valladolid, tenía alquilada una habitación en casa de una señora llamada Marialuisa que era algo así como una precursora. Marialuisa, por los cincuenta y tantos, tenía su machacante que, nosotros, los estudiantes que allí vivíamos, conocíamos de sobra porque no había bar que entrásemos que no nos lo topásemos por allí. De vez en cuando, se presentaba en casa a altas horas de la madrugada completamente borracho y entonces montaban una zapatiesta que nos despertaba a todos. Por lo demás, la relación marchaba como la seda. Pero digo que Marialuisa era una precursora porque tenía un perro ratonero pasado de quilos al que llamaba Tomasin. Tomasín por aquí, Tomasín, por allá, no paraba de hablar con él, y le preparaba unos arroces con pollo que nos ponía los dientes largos. Lo acostaba en un serón de niño y le tapaba con unas colchas de muchas puntillas fabricadas por ella misma a ganchillo. Se pasaba la vida haciéndole vestiditos a Tomasín. Como Marialuisa salía mucho por ahí, sobre todo a la iglesia, Tomasín pasaba muchas horas solo. Y era cuando se daban esas circunstancias que al llegar a casa cualquiera de nosotros, Tomasín se ponía a ladrar como un loco. Entonces, maquinando, llegamos a la conclusión de que, si cogíamos el hábito de nada más entrar ir a la cocina y pegarle una buena patada a Tomasín, por aquello de los reflejos condicionados que nos habían explicado en clase, era muy probable que Tomasín dejase aquella molesta costumbre. No recuerdo si funcionó el invento o no, porque, además abandoné pronto aquella morada porque era heladora.
Me vinieron a la memoria ayer estas historias porque se sentó en el banco contiguo al que yo estaba con lo de Casanova, una señora mayor de muy buen porte que llevaba un carrito de bebé, con sus puntillas y todo, para pasear a su gato que, por cierto, se había encaramado en la capota y allí dormitaba apaciblemente. Es una moda que va tomando cuerpo: pasear a los perritos en cochecitos de bebé. Otros prefieren llevarlos, como ahora se estila con los bebés, en una mochila pegada al pecho. En cualquier caso, no hay día que pasee por el muelle del Pesquero que no vea a media docena de personas llevando a sus mascotas en, ya sea cochecito, ya mochila. Porcentualmente no es muy significativo, ya que prácticamente todas las personas que andan paseando por allí se hacen acompañar de sus mascotas. Y se hacen corrillos de personas y los perros juegan alrededor mientras las personas hablan de ellos. Así es que, me pregunto yo, ¿cuánto van a tardar los socialistas de todos los partidos en sacar una ley que obligue a pasear por el muelle del Pesquero siempre acompañado de la preceptiva mascota?, que, eso sí, concediéndote la libertad para escoger entre perro, gato o, en su defecto, hurón, que ya se van viendo unos cuantos por ahí. Y esperemos que de ahí no pasen y les dé por imitar al Cid que tenía leones.
Lo que pasa es que el Cid tenía leones con una finalidad, digamos que disuasoria: acojonar a sus yernos que eran unos señoritos maltratadores. Y, en general, hasta hace bien poco, las mascotas eran elementos útiles en la economía de las familias, ya fuesen como guardianes, ya para desratizar, ya para guiar ganados, ya para olfatear la pista de los malhechores, pero esto de ahora es, me parece a mí, completamente novedoso, ahora se tienen mascotas para comentar sus monerías con las amistades. Y se les trasfieren afectos de tipo, ya sea materno, ya paterno, según el género de su propietario. Son unas perfectas tortas a falta de pan. ¡Y qué le vamos a hacer si las cosas han venido así rodadas!
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