Habemos algunos que no nos queremos doblegar a los caprichos del destino en según qué materias. En lo referente a la música por poner un ejemplo: sueño con ser músico y pongo todo el empeño en hacerlo realidad, pero no hay manera. Desde la primera infancia me quedaba prendado de cualquiera que supiese cantar, pájaros incluidos. No digo, ya, cuando veía a mi madrina tocar los impromtus de Chopin. Me parecía algo casi sobrenatural. Pero como esa admiración no se acompañó del necesario esfuerzo todo quedó en agua de borrajas. Ahora me doy cuenta de que no hubo esfuerzo porque hubiese sido inútil: la música sin una predisposición genética, es, por así decirlo, un imposible metafísico. Si no tienes el oído necesario, apaga y vete.
Así y todo, yo no me quiero ir sin seguir intentándolo. Siempre confié en los sacrificios a los dioses. Si insistes es difícil que no te recompensen aunque solo sea con dones de los de andar por casa. Suficiente si has aprendido a resignarte. Y así es, por mi resignación, que pueda ser casi feliz agarrando la guitarra y dejando que mis dedos corran por los trastes. Algo sale siempre porque sembré mucho.
En cualquier caso, mi esfuerzo me ha servido para poder apreciar. Diría que soy bastante capaz de separar el grano de la paja. La enjundia de la vulgaridad. Aunque, para eso, tampoco se necesita más que observar lo que el paso del tiempo salvó del olvido. Siempre, una porción mínima de todo lo que se produjo. ¡Pero se produjo tanto que lo poco que queda es mucho! Sea como sea, paso muchas horas deleitándome con las recreaciones que hacen los superdotados de lo mejor del pasado. Eso sí, sin menospreciar el presente, que nunca le hubo que no dejase su huella indeleble.
¡Ay, si yo supiese cual es mi realce rey! Me pasé la vida buscándolo y siempre pinché en hueso. Así es que me tengo que conformar con el rastro de mediocridades que he ido dejando a mi paso por el mundo. ¡Menos da una piedra!
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