jueves, 1 de febrero de 2024

Indiferencia

Terminé la Ilíada. Príamo, rey de Troya, ha recuperado el cuerpo de su hijo Héctor y tiene por delante doce días para celebrar sus exequias. A partir de ahí se reanudarán las hostilidades. Ya no hace falta que Homero siga escribiendo porque los dioses ya contaron en repetidas ocasiones cual será el final de lo que se traen entre manos aqueos y teucros. Aquiles morirá por una flecha lanzada por Paris, en realidad, Apolo y, después, los aqueos derribarán las murallas y destruirán Troya hasta sus cimientos. Se diría que la tesis de este libro maravilloso consiste en avisarnos de que no nos hagamos ilusiones, porque el ser humano no es dueño en absoluto de su destino. Todas las decisiones las toman los dioses que, por cierto, nunca descansan en sus querellas. El padre, Zeus, que es la razón suprema, es incapaz de controlar a su mujer e hijos que vienen a ser las pasiones. Su mujer, Hera, que también es su hermana, es una perra impúdica. Siempre anda por detrás metiendo cizaña. Es lo suyo. Y Atenea, la de los ojos glaucos, su hija predilecta, porque nació, precisamente, de su cabeza, hace lo que le da la gana. De Afrodita, ya, ni hablar, porque va por libre: nació de la espuma que se formó en el mar cuando cayeron en él los cojones que Cronos, padre de Zeus, cortó de un tajo a su padre Urano. Y luego, los bastardos, como Apolo, que ve de lejos, o su hermana gemela Artemis, que donde pone el ojo pone la flecha. Por no hablar de Dionisos, que se escurre como una sabandija y no hay manera de meterle en cintura. Y menos mal que tiene a Hermes, que lo mismo es artero que un corazón con patas. Sirve para todo. Una especie de spin doctor que le dirían hoy día. Y muchos más, porque no había manera de que Zeus la tuviese quieta: tía que le apetecía, tía que se maquilaba. Bueno, en realidad, eso es el poder real. El del ciervo que gana la berrea. Príamo, ya iba por cincuenta hijos cuando se le vino encima la marea aquea, precisamente, porque uno de los cincuenta, Paris, era un picha brava que le birló la mujer a un amigo aqueo que le había invitado a pasar unos días en su casa. Y es que, ¡menuda muhé! Nacida de los amoríos de Zeus con Leda... pero, bueno, mejor lo dejamos porque esto no tiene fin. Ni enmienda. 

Los anocheceres los sigo pasando en compañía de Azorín. Ha sido una sorpresa de lo más agradable encontrarme con él. Es un tipo tan inteligente que no es extraño que tenga tan poco predicamento. Se necesita bagaje para que te diga algo. Porque no hay el menor alarde en él. Todo es mesura y elegancia. Ahora anda por los pueblos, que son ciudades, de la provincia de Alicante. Va y viene, solo o acompañado, y comenta la jugada. Hay lo que hay, pasa lo que pasa y él lo cuenta sin el menor atisbo de pasión más allá de la necesaria para que las palabras se junten de una forma bella y trasparente. Es como si tuvieses delante los paisajes que describe o fueses uno más de los que conversan en una estancia del casino. Diría yo que no hay epíteto mejor para describir a Azorín que el de indiferente. Es a lo máximo que se puede aspirar en esta vida. 

En otro orden de cosas, sigo en el empeño de aprender "Nunca vas a comprender" de Rita Payes. Es una canción llena de tensiones. Y por tanto difícil de interiorizar. Pero, ¡ay de ti cuando lo has conseguido! Vas por ahí paseando y continuamente se te vienen a la cabeza sus tortuosas armonías. Y es de lo más placentero. La historia de un desapego. En fin, reconozco que me he enamorado de Rita Payés. A ver lo que me dura dura. 

No hay comentarios:

Publicar un comentario