A vueltas con El Aretino, miro por la ventana y contemplo las consecuencias que nos trae la incipiente primavera. La pareja de palomas que ha tomado posesión de la azotea de enfrente no para de hacerlo. Primero se hartan de darse el pico y, luego, empieza un baile de aproximación hasta que ella se pone bien y se está quieta, por emplear la expresión de aquel loco, Jalisco que le decían, que andaba por los bares de Rio de la Pila haciéndose querer. Ponte bien y estate quieta, les decía a las señoritas que por allí andaban que se partían de risa al escucharlo, porque, al fin y al cabo, ¿qué hacían ellas por allí si no era buscar la oportunidad de ponerse bien y estarse quietas? Supongo que por entonces, también sería primavera. Bueno, a ciertas edades siempre lo es.
Todo esto del sexo se jodió el día que Adán y Eva se avergonzaron de llevar sus cosas al aire. Hasta ese momento todo había sido como lo de las palomas que tengo enfrente. Puro deleite. Pero ahí está el punto, que, cuando uno siente vergüenza de lo que sea, se necesita echarle mucha literatura al asunto para seguir adelante. Y la literatura, a la postre, no deja de ser eso de dime de qué presumes y te diré de qué careces. Porque el sexo, se mire como se mire, es una máquina de traer consecuencias con las que hay que apechugar. Y la primera de todas es que uno trasmite su ADN. La conciencia de ello, a duras penas la puedes soslayar el instante que dura el orgasmo. Recuperado el sentido la pesadumbre es inevitable. Claro que hoy día, con la cosa de la contracepción nos es más fácil hacernos la ilusión de que somos dueños de nuestro destino. Pero todo es inútil, porque la naturaleza tiene dispuesto que trasmitir el ADN, de alguna forma, es morir. De hecho, hay especies en las que el macho muere con su primera eyaculación.
Sea como sea, la literatura al respecto tiene páginas gloriosas. Anaïs Nin, vive en un hotel de París en una habitación puerta con puerta de la de su padre que, por cierto, está inmovilizado en la cama con un ataque de lumbago. Anaïs va a ver si necesita algo. Al cabo de un rato, la vemos por el pasillo con una toballa entre los muslos para contener el semen que chorrea por su vagina. Por medio, está la pormenorizada descripción del evento que no por más morboso, por lo del incesto, deja de tener menos encanto. Es la ilusión de haber dado al traste de una tacada con unos cuantos tabús.
Houelebecq, por su parte, nos trae otro punto de vista: el del macho triunfador en la berrea. Por eso, tirarse a una tía tiene tanta potencia terapéutica sobre el ánimo alicaído. Todos esos vampiros que se echan a volar al anochecer no tienen otra obsesión que la de volver a la vida sacrificando a una víctima. Necesitan la ilusión de un triunfo. Lo de correrse o no es a matter of smoll moment, nunca mejor dicho. Así somos los humanos, Narcisos mustios que necesitan reflejarse en el estanque de sus logros para poder soportarse.
Por lo demás, uno se irá a la tumba con los versos del Aretino tan frescos como el primer día de la creación:
Fottiamci. anima mía/ fottiamoci presto.
Jodamos, alma mía, jodamos enseguida,/ pues todos para joder hemos nacido;/ que la polla te gusta y amo el chocho/ y el mundo sin eso ni una figa valdría.
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