Hay por ahí, en EEUU concretamente, unos chavales y chavalas, Elle y Tony, Josh Turner y Carson McKee, Allison Joung, que son unos músicos excepcionales. Cuelgan vídeos en YouTube, a veces actúan en pequeños escenarios para públicos heterogéneos, visten como de andar por casa, no se les ve ninguna propensión a modificarse la conciencia, y, si me apuras, dan la impresión de no ir por ahí perdonando la vida a nadie... como era el caso de aquellos rockeros que decían que ellos nunca se iban a morir. ¡Poubrets! Qué mal han envejecido por lo general.
Quizá estos chicos representen mejor que nadie el espíritu de los tiempos. Por así decirlo, su naturalidad. Es como si fuesen inmunes a los vampiros... todos aquellos que revoloteaban alrededor de los rockeros y les extraían hasta la última gota antes de arrojarles al vertedero. Aquello era el truco de la mitificación. Por medio de las malas artes publicitarias se elevaba hasta las alturas siderales a una pobre gente que tenía algo de gracia cantando y, luego, para sujetarles allí y poder seguir exprimiéndoles se les atiborraba con todo tipo de sustancias psicotrópicas. Aquellos escenarios, aquellas luces, aquellos trajes, aquel estar hasta en la sopa, volvía locos a los adolescentes... y sus padres, entonces, les pagaban los costosos conciertos con tal de sacárselos de encima por unas horas. Nunca hubo, pienso ahora, una juventud tan estúpidizada como aquella, y mira que la juventud, por la propia naturaleza de las cosas, goza como los chones en un patatal cuando se la están metiendo doblada.
No sé, porque soy consciente que solo son impresiones de las que extraigo conjeturas. Y las conjeturas, conjeturas son por muy plausibles que aparenten ser. Pero lo de estos chicos, que les decía, me inspira cierta confianza en el porvenir que dejo en herencia. Es como si yo hubiese colaborado a clavar la estaca en el corazón de aquella casta de vampiros. Aunque ya sé que extirpar los vampiros de la faz de la tierra es un imposible metafísico, alejarlos, siquiera mínimamente, del ámbito de la juventud, es lo mejor que le puede pasar al mundo. Haberles empujado hacia los mayores para que les saquen unas cuantas perras con las vacunas es una cuestión baladí porque de los mayores que se dejan aterrorizar por chorradas ya nada se puede esperar.
En fin, hoy estoy optimista. Quizá es porque ayer, por fin, conseguí ganar al ajedrez a mi nieto... que, por cierto, toca el violonchelo como si tal cosa. Son otros tiempos.
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