Ayer hablaba con Santi a propósito de un libro que en su día tuvo un éxito considerable: El Infinito en un Junco. Como no podía ser menos a María se lo colaron, así que tuve oportunidad de echarle una ojeada. En la página por la que lo abrí me encontré con más de cincuenta referencias literarias. No puede ser, me dije, tanta necedad y, entonces, lo abrí por otra y me encontré, no cincuenta sino cien. ¡Joder, la mierda que se traga la gente! Por Dios bendito, con lo sencillo que es agarrar cualquier libro de los que se citan en esa obra y leértelo entero. Entonces sí que estarás haciendo algo con algún sentido. Pero vete a decírselo tú a cualquiera de los engañados por fraude tan manifiesto: te encontrarás con un gato panza arriba lleno de los argumentos que le proporciona la ideología en boga, la de los encantos de la socialización. Ya saben, la comunión de los inocentes.
En el mismo orden de cosas, o sea, en el del engaño burdo, me encuentro hoy con un video en el que un par de docenas de entre lo más esclarecido del mundo científico pone negro sobre blanco en qué consistió la que se denominó pandemia. Me hago cruces pensando en cómo pudo colar una mentira tan zarrapastrosa entre gente a la que tenía por inteligente e, incluso, valiente. Pues nada, hubo lo que hubo y recibí la más amarga lección de mi vida. Afortunadamente, no llevábamos ni un mes de ordalía cuando empezaron a aparecer por las grietas del sistema voces sensatas que ponían las cosas en su sitio. Se trató por todos los medios de acallarlas, pero una pretensión así en poco difiere de la de retener el agua en un cesto de mimbre. Fue un gran consuelo saber que mis razones eran las mismas que se trataban de censurar con denuedo. Entonces, ya estuve seguro de estar en lo cierto. El poder nunca censura una razón si no es la correcta.
No sé, porque no conviene fiarse de las percepciones de uno no vaya a ser que se vuelva a meter la pata y ya van demasiadas... pero no me importaría aventurar que hay un antes y un después separado por el foso infranqueable de la pandemia. Todo aparenta normalidad, pero solo es otra mentira. Se dijeron demasiadas cosas demasiado fuertes como para que se las pueda llevar la primera ráfaga de viento. Todos aquellos idiotas que salían en televisión demonizando a los incrédulos. ¡Alguno conoce a alguien que haya entonado el mea culpa! Bueno, por lo menos han dejado de dar la matraca, aunque lo hagan con el gesto torvo del que sabe que ha sido pillado en arrenuncio. Allá ellos... el único vecino que no me saluda es el que un día me echó una arenga en el ascensor sobre lo que habría que hacer con los que no se querían vacunar. A mí, ya casi se me ha olvidado, pero a él se ve que no.
Por cierto, Alexandra Henrion Caude ha publicado un libro titulado Los aprendices de brujo. Es sobre lo de las vacunas. Pero, claro, ¿quién es esa señora? Antes de la pandemia lo era todo a nivel europeo en lo referente a la genética, los virus y todas esas mandangas. Llego la pandemia y por arte de birlibirloque se convirtió en una don nadie... al menos eso es lo que quisieron creerse algunos. Y ahora se la tienen que tragar. Vamos a ver si Macrón la mete cuatro años en la cárcel con esa ley que acaba de promulgar para meter en cintura a los disidentes de la verdad oficial. ¡Ríete de la inquisición!
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