El obscurantismo es una propensión inherente a la condición humana. Y no por nada sino porque se vive mucho mejor en la obscuridad de las certezas. Por eso esa tendencia que siempre hubo a quemar a los herejes, es decir, a los que cuestionan las certezas de la religión dominante.
Los herejes son como una mutación que amenaza trastocarlo todo. No por otra causa es que sean perseguidos con saña por la sociedad en general que ama la estabilidad sobre todas las cosas. A la postre, no hay gobernante más querido que el que quema herejes.
Lo que no saben los que se dedican a quemar es que las cenizas siempre guardan por un tiempo el calor suficiente para incubar el huevo que puso el Ave Fénix, es decir, el hereje, el hombre excepcional, digamos que Jesucristo que eclosionó a los pocos días de ser quemado.
Les recordaba estas obviedades porque por todos los lados veo signos opresivos respecto de las certezas dominantes. Certezas tan tontas como todas las que fue destruyendo la evolución humana a golpe de piras en las plazas públicas. Todo lo que hemos evolucionado, para bien y para mal, se lo debemos a los herejes quemados. Sin ellos seguiríamos encaramados en las ramas de los árboles.
Las certezas, el dogma y sus guardianes, si no existiesen, tampoco los herejes. Porque la naturaleza tiende a compensarlo todo, y ese es el problema de los que tiran demasiado por un cabo de la cuerda, que les nacen los herejes como lo hacen los hongos en el campo tras unos días de lluvia. La lluvia que todo lo fecunda.
No sé, porque por ahí andan los políticos en sus parlamentos inventando leyes cada vez más grotescas con la pretensión de frenar la enorme cosecha de herejes que han propiciado sus políticas de fantasía. Porque mira que hay que ser zoquetes para cambiar la incertidumbre que es Dios por la certeza que pretende ser la ciencia. Me meo de risa. La ciencia... algunos piensan que hasta nos va a hacer inmortales. Con las vacunas y todo eso. ¡Ya te digo!
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