Me mandó Santi la siguiente pintada que apareció en alguna calle de algún sitio de mundo; la acompañaba con el siguiente comentario: no todo está perdido:
ARRIBA HERÁCLITO
ABAJO PARMÉNIDES
Resumiendo: todo cambia versus todo es imperecedero. O algo así. La más vieja de todas las polémicas filosóficas.
Ayer, por motivos que no vienen al caso, vi uno o dos minutos de retransmisión del Tour de Francia. Seguro que Fede lo está viendo, pensé. El caso es que en ese casi instante de atención me dio tiempo a escuchar a alguien -debió ser Perico Delgado- decir: "ya, pero eso que dices es entrar en cuestiones metafísicas". ¡Leches -me dije- qué nivel está adquiriendo esto! Sí, desde luego que Santi tiene razón: no todo está perdido.
Todo cambia, todo permanece, es una polémica del estilo de la que tuvo al cristianismo desde sus inicios hasta nuestros días porque no hubo un Perico Delgado que viniese a ponerla fin. ¿A quién coño con dos neuronas le puede importar si el hijo se transustancia o no se transustancia en el padre? Porque es que, además, qué es eso de transustanciarse. Es hablar por hablar con palabras cuyo significado se nos escapa.
Es evidente, de toda evidencia, que todo cambia para que todo permanezca. No hay que leer historia para darse cuenta; basta con poner un poco de atención en la propia vida. Y por lo mismo, todo hijo se parece a su padre en la misma medida que le detesta. Leía el otro día en una novela de Gide sobre la alegría que recibe un chaval al enterarse de manera fortuita de que, el que creía ser su padre, no lo era. Siendo así las cosas, piensa el chaval, ya no tengo la menor necesidad de odiarle.
Lo que para mí demuestra la pintada de marras es que el ser humano necesita imperiosamente, por razones que se me escapan, encontrar motivos para polemizar. Polemizar es como un agua que al beberla da sed. Imposible saciarse por más que se tenga la ilusión de conseguirlo tomando partido... como el que hizo la pintada. Parménides y Heráclito, opiniones que se complementan para acercarse a la escurridiza verdad.
Personalmente, me acojo a lo de Pessoa: los únicos problemas con solución son los matemáticos. Por eso todos los días procuro hacer un rato de esa gimnasia. Quizá así, quiero pensar, mantendré algo de tensión espiritual hasta el final... que es de lo que se trata.