El bachiller Trapaza es un tipo digno de estudio. La verdad es que no comprendo cómo no tiene un puesto más relevante en el imaginario popular de este país. Quizá sea por el lenguaje alambicado de sus diálogos y peroratas. Pero, también, porque a la gente del común no le suele caer simpática la inteligencia que se usa para aprovecharse del prójimo. Porque Trapaza es un superdotado: lo mismo hace versos, que canta y toca el laúd, que hace trampas en el juego, que seduce con su trato. Su único problema es que no distingue el bien del mal, como esos personajes de las películas de los hermanos Coen. En términos psiquiátricos diríamos que Trapaza es un psicópata. El no distinguir el bien del mal le lleva por vía directa a considerar que el fin justifica los medios. Así es que, como todos sus fines son ambiciosos, los medios que tiene que utilizar para conseguirlos en un dos por tres tienen que ser por fuerza fraudulentos. En eso consiste la gracia del personaje, en vivir una vida de fantasía sostenida en el engaño, o la trapacería. Al final, son tantos los hilos del entramado engañoso que es normal que alguno se suelte y tirando de él viene a descubrirse todo el pastel; si hay suerte, tiene tiempo para salir por piernas; si no la tiene, acaba molido a palos, lo cual, para nada le sirve de lección. Que en eso consiste, fundamentalmente, ese tipo de psicopatía, en la incapacidad de aprender de los propios errores.
Lo que contribuye a darle tanta gracia al asunto es que los planes ambiciosos de trapaza se reducen por lo general al más viejo de todos los recursos trapaceros: pegar un buen braguetazo para salir de la miseria de una vez por todas. Recuerdo haber oído comentar de niño acerca de algunos braguetazos que se habían dado entre las amistades de mis padres. El típico médico a trancas y barrancas al que su suegro le había pagado el costoso aparataje necesario para montar una clínica. Luego, a lo largo de la vida vi que de eso había por el mundo para dar y tomar. Supongo que, cuando alguien está inmerso en uno de esos proyectos, lo más probable es que llegue a creerse que, en realidad, él se casa por amor. Y desde luego que por amor lo hace, aunque no sea capaz de distinguir la línea que separa a la prometida de su dinero. Pocos temas más manidos tendrán el cine y la literatura en general. Y es que el mundo, en esto, como en todo lo fundamental, no ha cambiado un ápice desde la noche de los tiempos hasta hoy. Pareciera que con esto del marxismo y tal, se hubiese desvanecido, al menos en parte, el mito del linaje, pero nada más lejos de la realidad. Lo de "buena familia" sigue corriendo de boca en boca con no menos fuerza que en los tiempos de Trapaza. Y aquello de Don Quijote de que nadie es más que nadie si no hace más que nadie, nunca pudo pasar de ser más que una saludable intención.
Por lo demás, las aventuras del bachiller Trapaza son un interesante fresco en el que se ve retratada la sociedad española de siglo XVII. Ya solo por eso merece mucho la pena su lectura. Porque de ahí, con sus grandezas y miserias, venimos. Un buen espejo en el que mirarse, en definitiva.
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