Los burócratas insisten e insisten e insisten: es solo cuestión de tiempo, pero lo que es llegar, llegará. Se refieren a la gripe de los pollos. Los hay tan optimistas que dicen que solo matará entre el treinta y el cincuenta por ciento. Por supuesto que las grandes corporaciones farmacéuticas ya andan afilándose los colmillos. Y claro, la chusma enardecida no ve la hora de ponerse a la cola para que le salven la vida con la nueva vacuna ad hoc, es decir, la solución específicamente elaborada para el problema artificialmente creado. ¡Lo que deben andar riéndose los dioses por las doradas cumbres! ¿No queríais fuego? ¡Pues toma lumbre y media!
No cabe duda de que la sangre del mundo se ha espesado tanto que está pidiendo a gritos una sangría para disminuir su viscosidad y poder seguir circulando por sus venas. El problema a dilucidar sería, entonces, qué tipo de sangría sería la más conveniente, si selectiva -las élites insaciables- o masiva -las masas enchusmatizadas-. Y ahí, como comprenderán, tenemos un gran problema para cuya resolución no hay teoremas que valgan. Porque, como me decía una viejecita cubana con la que ayer compartí ascensor: "Sí, pero a ver quién es el que tumba eso". Eso, o sea, el castrismo.
Las mafias del poder extienden sus tentáculos hasta los más apartados vericuetos de la sociedad. Siempre hay allí alguien dispuesto a partirse el alma por defender la beneficiosa influencia del Estado. Vientres agradecidos. Sin embargo, el mundo ha visto de todo y, como se suele decir, ¡torres más altas han caído! Nada es eterno.
Personalmente, ando inmerso en una guerra encarnizada entre el escepticismo objetivista y el subjetivismo optimista. A lo uno me arrastra la evidencia de mi próximo fin y, a lo otro, la ilusión de un futuro posible para mi descendencia. Supongo que nada podría hacer toda la fuerza de mi intelecto para cambiar ese estado de cosas porque se trata de las inmutables leyes de la naturaleza.
En resumidas cuentas, que todo parece indicar que de aquí a cuatro días no vamos a poder comer ni filetes de pechuga ni huevos... por imperativo sanitario. Ya ven a donde nos ha llevado tanta facultad de medicina. ¡Con lo bien que se vivía en el mundo cuando el médico más próximo estaba a cincuenta leguas!
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