“Bárbaros, vayan pasando, / con sus vergas afiladas, / con sus pollas como espadas /me vayan tomando el mando.”
Me envía Santi, junto a estos versos, una foto del novísimo "INSTITUTO DE LAS IDENTIDADES DE LA DIPUTACIÓN DE SALAMANCA".
¿Se acuerdan de aquella novela de Juan Goitisolo, "Señas de Identidad"? Hasta entonces, nunca había oído hablar de tal cosa. Yo, como Dios, era el que era por lo que hacía y de todo lo demás que me venía dado ni siquiera se me pasaba por la cabeza sacarlo a relucir para definirme. Tenía un padre y una madre y había nacido en un sitio, exactamente igual que todo el mundo. No en vano Goitisolo era nacido en Cataluña. Allí, como después pude comprobar, no apeaban de la boca el sintagma "la nostra identitat". Allí, a lo que se veía, el individuo no existía como tal; era el rebaño el que le definía. O sea, lo dado por el azar. Luego vino lo del enano saltarín con su milonga del "tots plegats" que aunque quiera decir "todos juntos" tiene un no sé qué como de todos plegados, es decir, doblados por la cintura para expresar humillación. Ni que decir tiene que el enano saltarín se hizo millonario con aquella milonga. Otra cosa fueron los plegats, que, al parecer, desde aquel entonces no han hecho otra cosa que retroceder en el ranking de la gente con futuro.
En definitiva, señores míos, apelar a la identidad no es más que una treta de los perdedores. Un engaño más de la cultura socialista que se agarra a las quimeras como las ladillas a los pelos del pubis. Siempre pasa cuando algo que fue hegemónico va de retirada. No hay más que escuchar el discurso que hizo ayer Huerta de Soto en la entrega del Premio Juan de Mariana a Milei. Ya empieza a ser lugar común gritar que el rey va desnudo. Libertad individual es un pleonasmo y libertad colectiva un oxímoron. Lo uno va de soi y lo otro no puede ser y además es imposible.
En fin, no desesperen, porque, lo que nos está llegando de Salamanca, nada que ver con ese instituto de mierda; es mas bien el fruto de aquella semilla que plantaron los escolásticos de San Esteban en el siglo XVI y que ahora se esparce por el mundo gracias al esfuerzo que hicieron unos señores austriacos a principios del XX. Y en esas estamos, y cada vez más en lo que decía Don Quijote: "nadie es más que nadie si no hace más que nadie". Lo demás, lo dicho, milongas de enano saltarín.
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