Como ya apenas ando por ahí relacionándome con el populus, es decir, los camareros, no sé si seguirá la moda de dar a los clientes el trato de caballero. También las cajeras de supermercado solían dar ese trato y, para mí, que ya lo han apeado. Yo les solía hacer chistes cuando me lo daban, aunque por la cara que ponían era evidente que no los pillaban. Supongo que para toda esa gente lo de caballero tiene que ver con aquel anuncio de un licor llamado Calisay. «¡Caballero¡ ¿Qué hay?», decía una voz. Y otra le contestaba: «¡Calisay!». También, creo recordar, había un ponche, o un coñac, de nombre Caballero, que anunciaban mucho cuando se estaban retransmitiendo los partidos de futbol.
El caso es que en ese tratar de caballero a los clientes hay como un deseo de halagar la vanidad. Un caballero es más que un señor de la misma manera que un gentleman es más que un mister. Al caballero y al gentleman se les supone una especie de calidad moral por encima de la media. Reflexionábamos esta mañana sobre ello en nuestras conversaciones transcontinentales. La condición de caballero no es algo que viene dada por un nacimiento afortunado o cosa por el estilo. Para serlo hay que haber pasado por un doloroso proceso de educación. Digamos que la que Platón preconiza en su libro La República. La educación que daban en Esparta a los hijos de los que tenían la categoría de ciudadanos. Una minoría encargada de velar por la supervivencia del pueblo llano, los ilotas, que le decían.
Fue esa educación espartana la que marcó la pauta para en lo sucesivo formar a las clases dirigentes. Enseñar, lo mismo que a saltar sobre un río de siete metros de ancho con la coraza puesta, a solucionar ecuaciones de álgebra lineal o leer a Homero en su lengua original. Es la necesidad insoslayable de que la pretendida calidad superior de la persona se sustente en hechos y no en palabrería. Y es que, todo ser cultivado, en cuerpo y espíritu, es por naturaleza aristócrata... eso, para que nos entendamos, que las cajeras y camareros quieren que te sientas cuando te llaman caballero.
En fin, que no basta sentirse para serlo como nos habían hecho creer. No se es caballero por beber una copa de calisay. Más bien, hay que pasar por la Academia, lo cual, como que exige haber aprendido antes mucha geometría. No es tarea para mindundis... que sería lo que nos debieran llamar los camareros y cajeras si la utilización del lenguaje fuese correcta.
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