Se me acerca un mendigo cuya cara, y físico en general, me retrotrae a tiempos muy pretéritos. Le suelo ver por cualquier barrio de la ciudad, siempre a toda mecha, con aspecto de enajenado; a veces está pidiendo, con una agitación fuera de lo común, a la puerta del Mercadona que frecuento. Nunca le he dado nada porque, por lo que sea, me irritan los mendigos. Nietzsche decía que se les debería matar porque si no les das te quedas mal y, si les das, peor. En cualquier caso son una figura universal que ha inspirado mucha literatura. De hecho, picaresca y mendicidad, primas hermanas. Sea como sea, aproveché el que se me acercase para salir de dudas. ¿A qué colegio fuiste?, le dije. A La Salle, me contestó. Entonces, me lo expliqué todo. Era el pequeño de un par de hermanos borderline que sufrían el escarnio de los perversos, o, mejor dicho, de los que les aventajaban en un par de puntos. No quise saber más de su venir a dar en lo que estaba y le di un par de euros. Entonces, como buen mendigo, quiso aprovechar el tirón y empezó su cantinela conmiserativa. No le dejé avanzar y me despedí con un "que tengas suerte". Una ironía, sin duda, porque si algo era evidente es que los dioses le tenían dejado de su mano desde que nació.
En el mismo orden de cosas, estoy ya a punto de rematar las aventuras del bachiller Trapaza. No sé si la palabra trapacería la habrá tomado la lengua de este personaje o, más bien, a este personaje le puso el autor tal nombre inspirándose en la palabra prexistente. La propia novela parece sugerir esta última posibilidad. En cualquier caso, Trapaza, cualquier cosa menos borderline. Tiene, por contra, una aguda inteligencia que, por algún tipo de querer de los dioses, le impele sin contrapesos a usarla para hacer trapacerías. La moraleja que nos deja el autor al respecto es que de casta le viene al galgo, porque al inicio de la novela nos relata la trapacera coyunda de la que surge Trapaza. Unos padres, sin duda, cabezas de chorlito, que no se andan en consideraciones a la hora de satisfacer sus más primarios deseos. Pero ni padres ni hijo son malas personas. Son ilusos que cuando ven por cualquier lado a la que pintan calva se tiran a degüello porque creen que es la oportunidad de su vida para salir de una vez por todas de la miseria. Entonces, echan mano de su fantasía y van construyendo una trama de mentiras que inevitablemente les lleva a ser molidos a palos si las circunstancias no les permiten salir por pies. Por cierto que esa palabra que tanto gusta y se usa ahora, resiliencia, pareciera que se inventó para describir a los tipos como Trapaza. Cualquier otro, como hizo el mismo Guzmán de Alfarache, se echan en manos de la mendicidad a la primera de cambio, Trapaza, por contra, hace honor a su nombre y, si no encuentra oportunidad de engañar a alguien, se la inventa y hace como que se la cree. Por eso es que, más que tragedia, su vida sea comedia.
A la postre, todos tenemos algo bastante de Trapaza. Vivir del cuento, haciendo trapacerías es lo que predomina. Otra cosa es que la mayoría no caiga en la cuenta de que lo que cree es su trabajo no es más que pura trapacería. Pero ésta es otra historia.
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