La tecnología ha sido siempre la partera de los grandes cambios sociales que, en general, siempre han ido en la dirección de una mayor toma de conciencia de si mismo por parte del ser humano. Y es que la tecnología, desde los tiempos de Prometeo para acá, nos ha liberado de las pesadas cargas de la vida y, por tanto, nos ha regalado tiempo que hemos empleado, entre otras cosas, en pensar en nosotros mismos. Y así hemos descubierto que estamos hechos a imagen y semejanza de los dioses, que es como decir que nos sentimos plenamente capacitados para decidir, por lo menos en parte, sobre nuestro destino: se nos hace cada vez más insoportable que alguien nos marque la senda por la que debemos caminar y tratamos por todos los medios de buscar nuestro camino.
A tal respecto, el paso que hemos dado de hace treinta años para acá ha sido de gigante. La tecnología digital le ha quitado de las manos al que nos quiere guiar el monopolio de la información. Quizá nunca haya habido una revolución de semejante calado. Sin monopolio de la información, la anarquía, forma suprema de organización social, se nos da por añadidura. Y en ello, aunque tímidamente por el momento, es en lo que estamos.
Todo se le está yendo de las manos al poder constituido. Se le escurre como la arena entre los dedos. La gente joven utiliza su propia moneda y sortea todos los mecanismos de control fiscal. Lo sé a ciencia cierta porque mi nieto no tiene ni rey, ni patria y no sé si tendrá Dios. En cualquier caso hace sus negocios sin pasar por taquilla y vive donde le da la gana. A los veintiún años ya es más dueño de su destino que todo lo que yo hubiera podido soñar a lo largo de mi dilatada vida.
O sea que, infórmense, porque a lo mejor resulta que todavía andan creyendo en agüeros y hechicerías. Todo este montaje de coches, bares, turismo, etc., no es más que las cadenas con las que Zeus tiene a Prometeo sujeto a una roca del Cáucaso. Infórmense, que es tanto como decir que vendrá Atenea a liberarles. ¡Viva la anarquía!
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