Yo no sé si a todos los que tienen por, ya sea oficio, ya sea simple entretenimiento, el escribir, les pasara como a mí, que cuando releo al cabo de un tiempo, mayormente, me parece que solo produje basura. A veces, me topo con algo que me parece pasable, pero es una excepción demasiado excepción como para tenerla muy en cuenta y, sin embargo, ese poco de conformidad engrasa la maquinaria y la anima a seguir en el empeño.
Uno ha dedicado buena parte de la vida a la lectura. Qué duda cabe que es una forma de entretenimiento bastante agradable y, seguramente, de entre las menos dañinas para el medio ambiente, cualquier cosa que eso sea. He leído miles de novelas que, en cierta forma, ha sido como vivir miles de vidas. Me he identificado y me he desmentido miles de veces paseando por libros de todo tipo. Y miles de veces, también, he tenido que echarle voluntad a raudales para seguir leyendo esperando encontrar alguna gema entre millones de toneladas de ganga. Porque no me engaño al respecto, la literatura es eso, pocas gemas entre mucha ganga. Y la proporción en que se encuentran ambas es lo que da su calidad. En cualquier caso, cada vez estoy más convencido de que lo realmente interesante de la lectura es que mientras estas leyendo dejas de dar la lata a la humanidad circundante. Leer es como ausentarse, lo cual, en un mundo tan saturado es de mucho agradecer.
Luego, en segundo termino estaría la cuestión de si leer nos hace mejores por más sabios. Ahí sí que no aventuraría yo, a estas alturas, una opinión. Por contra, sobre el escribir sí que aventuro la opinión de que, si no más sabio, te hace más cauto. Más cauto al hablar ya que has podido comprobar al releer lo escrito lo limitado de tu discurrir. Por tanto, escribir es hacer músculo de humildad. Cuanto más escribes, menos hablas, lo cual lleva por vía directa a meter menos la pata.
En fin, leer y escribir, un buen remedio contra los muchos males que nos acechan por doquier, sobre todo cuando andamos ociosos.
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