Decía Pla que las enfermedades son los viajes de los pobres. Efectivamente, vas por la calle y, si pones la oreja a lo que se habla, te darás cuenta de que la inmensa mayoría de las conversaciones consisten en el relato de uno de esos viajes. No es probable que en Santander haya un sustantivo más empleado que Valdecilla, el que fue fundado como templo de la filantropía y hoy lo es de la tan cacareada como falsa justicia social. En fin, pelillos a la mar.
Les traigo a colación la metáfora de Pla porque estos últimos días he andado de viaje. Bien es verdad que un viaje de tres al cuarto, pero no por ello menos intenso en cuanto a las anécdotas que podría contar si quisiese y mi natural, elegante de por sí, no me lo impidiera. Solo les contaré que, estando comiendo unos frutos secos, noté algo raro en la boca que resultó ser la fractura de una muela. A partir de ahí se desencadenaron los acontecimientos que, a la postre, me han hecho reflexionar sobre la condición humana respecto de su miserias. O sus viajes, si así lo quieren llamar.
Como estudioso del cuerpo humano que he sido, hasta el punto de hacer de su conocimiento mi profesión, nunca dejé de maravillarme al ir descubriendo los sofisticadísimos mecanismos que ingenió la naturaleza para que los cuerpos funcionasen durante unos cuantos años que, en algunos casos, se aproximan al siglo e, incluso lo sobrepasan, como fue el caso de mi madre que llegó a los ciento cinco o, más sorprendente aún, el de Teofrasto, que, según las crónicas de la época, siglo IV antes de Cristo, llegó a los ciento siete pudiendo hacer uso de sus facultades viriles así como de las intelectuales. Claro que, si se paran algún día a leer sus "Caracteres", se darán cuenta de que era un hombre con mucho sentido del humor y, así, cualquiera dura.
Pero sabido es que, por muy buen escribano que se sea, nunca se está libre de echar un borrón, y a Naturaleza, buen escribano donde les haya, se le escapó el borrón de la dentadura... a no ser que el borrón fuese intencionado para que tomáramos conciencia de lo limitados que estamos. La dentadura no está concebida para durar mucho y, en su progresiva destrucción, va dejando un río de sufrimientos que en sus crecidas pareciese que se iba a llevar la vida por delante. De hecho, apostaría que no fueron pocos los humanos que se arrojaron por un precipicio impulsados por un dolor de muelas persistente.
Lo que me parece curioso de todo esto es la poca atención que la literatura y la história en general le dedican a este asunto. De los reyes, por ejemplo, que son las personas de quienes más información tenemos apenas se citan las cuestiones dentales, por más que la mayoría de ellos ya habían perdido toda su dentadura a edades muy tempranas. Leí en algún lado que en un pueblo de Aragón había un artesano virtuoso que hizo dentaduras postizas al rey de Francia de por entonces, Luis XIII o XIV, creo recordar. Casanova también nos cuenta algo respecto de su protector, el Señor de Bragandín, o algo así, que a partir de cierta edad dejó de asistir a los banquetes porque no tenía con qué masticar y se alimentaba de purés. También nos relata algún episodio de dolor de muelas que le había tenido apartado por unos días de toda actividad social. Pero, en general, esto del deterioro dental es tema que se evita y, que yo sepa, no hay una historia de la humanidad desde la perspectiva del sufrimiento dental. ¿Quién sabe qué barbaridades no habrán hecho los poderosos impulsados por un mal dolor de muelas?
En fin, qué vida ésta; no es de extrañar que también se la conozca como valle de lágrimas.
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