La guerra cultural en España se sigue centrando en la Guerra Civil de los años treinta del siglo pasado. Sin duda es un signo de decadencia intelectual. Un acontecimiento tan lejano ya en el tiempo solo se puede analizar utilizando las leyes generales de la historia. Los griegos vencieron a los persas porque eran mucho mejores en todo menos en lo de la fuerza bruta. La fuerza bruta, a la postre, cualquiera con dos dedos de frente sabe que es bien poco. La Biblia deja niquelado el asunto con lo de David y Goliat. Goliat era un acromegálico al que el crecimiento óseo le estaba ya obliterando los conductos del nervio óptico. Sencillamente, veía mal. De hecho, todo lo grande, ve mal. Por eso caen todos los imperios, por perdida de vista. Es, solo, una más de las leyes generales. Hay muchas más y en aquella guerra civil se cumplieron todas a rajatabla. Solo tengo que fijarme en lo que pasó en mi pueblo para confirmarlo: la inteligencia que había en el bando perdedor salió por piernas hacia Méjico al comprobar la calidad del percal en el que se estaba apoyando. En fin, una guerra entre hermanos o, si mejor quieren, entre ideologías parejas. Al final los vencedores montaron el mismo chiringuito que hubiesen montado los perdedores, eso sí, con mayor visón de la jugada, lo que va de la socialdemocracia al comunismo. Cuestión de matices, o buen gusto, en definitiva. Meterla a lo bestia o meterla con vaselina. Eso fue todo. Y aquí continuamos con la vaselina. In púribus, perdonen la pedantería, lo derrotado en aquella guerra fue el liberalismo, que era contra lo que estaban los dos bandos. Lo que triunfó fue el estatismo que era lo que los dos bandos querían imponer. Y esta es la realidad que, una de dos, las rutilantes cabezas del sistema todavía no se han dado cuenta, o es que los muy perversos nos lo quieren ocultar para que el populus siga impurgatus, es decir, dándole a la matraca.
En cualquier caso, también es ley general de la historia que el proceso civilizatorio es algo que avanza a trancas y barrancas. Como en la vida de las personas, hace falta recibir muchos palos para abandonar algo de la necedad constitutiva. Es algo que está meridianamente explicado en los textos sagrados, pero que se nos olvida a la primera de cambio; solo hacen falta unos pocos vientos favorables para que así sea. En fin, qué aburrido es todo esto.
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