Hace unos años leí las memorias de Gide. Me parecieron una joya y de ello dejé constancia reiterada en las páginas del blog que por entonces escribía. No solo la claridad expositiva, lo que Ortega llamaba la cortesía del escritor, también me impactó su valentía para airear la parte oscura de su yo, cosa que en estos maravillosos tiempos que corren le hubiera llevado de cabeza a la cárcel en menos de lo se tarda en decirlo. Leer esas memorias es tener la prueba irrefutable de toda la libertad que hemos perdido en los últimos cincuenta años y la milonga que es todo esto de la tolerancia socialdemócrata. ¿Tolerancia para qué? Aquella sí que era tolerancia. Después de contar lo que cuenta, que por otra parte era del dominio común, Charles de Gaulle se sentía muy honrado de poderle tener a cenar en el Elíseo. Y es que por aquel entonces se sabía separar inteligencia de pulsiones oscuras. De Gaulle le invitaba por su inteligencia, aunque, seguramente, no se le escapaba hasta que punto la inteligencia y las pulsiones oscuras pueden ser consecuencia, o hermanas gemelas, la una de las otras y viceversa.
Hace pocos días leí "La Sinfonía Pastoral" y volví a quedar maravillado. Una fábula moral de una elegancia époustouflante. Muy pertinente en estos tiempos que corren por desvelar con sutileza las razones oscuras que emponzoñan todo el buenismo que nos corroe. ¡Nunca se fíen de alguien que va de bueno, por favor! Estense seguros de que, si se fían de él, acabará metiéndosela doblada por siete sitios diferentes.
El otro día compré en La Rebelde, por tres euros, "Los Monederos Falsos". Apenas he leído medio centenar de páginas y ya voy flipando. Me siento algo parecido al Malogrado, aquel personaje de la novela de Bernard Thomas que decidió dejar de tocar el piano después de ver cómo lo hacía Glen Gould. Es la profundidad a la que llega en los entresijos de la condición humana. Seguramente, tiene mucho que ver en la adquisición de esa habilidad el no haber tenido reparo en abandonarse sin cortapisas a las pasiones surgidas de su lado más oscuro. Son las experiencias que labran el más auténtico "conócete a ti mismo" socrático. Claro que, no basta para ello el mero abandono a esas pasiones, hay que añadirle una inteligencia fuera de lo común y, sobre todo, una formación aristocrática que es la que te limpia, o enseña a controlar, todos esos componentes del espíritu que son la columna vertebral de la baja condición humana: el miedo, la envidia, el rencor, el victimismo... en resumidas cuentas, la cobardía.
En fin, me voy a lo mío que, a qué engañarse, son las labores de mantenimiento. ¡Joder, cuánto trabajo da un cacharro viejo! Pero, no me quiero quejar, ni mucho menos, que, aunque viejo, todavía me sirve para ir a lugares donde hay brillo sofocleo. ¡Qué más se puede pedir a la vida!
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