El ser humano va descubriendo cosillas que le permiten ir de aquí para allá, alimentarse sin necesidad de grandes esfuerzos, guarecerse de los elementos con cierta seguridad, cosas todas ellas que son de mucho agradecer, pero que a la postre poco le resuelven su principal problema, fuente de todos los desasosiegos que emponzoñan las vidas, a saber, aquel, famoso "conócete a ti mismo" que decía, no sé si Sócrates o el mismísimo Apolo, ya que la frase en cuestión estaba grabada en la piedra del frontón del templo que le estaba dedicado en Delphos. También, por lo visto, estaba grabada en aquel frontón que, por lo que más quieran, "nada en demasía"... imagínense a la Celestina y la Lozana, que, les comentaba el otro día, no tenían otra filosofía de vida que la de "a tuerto o a derecho, mi casa hasta el techo".
En definitiva, el ser humano intuyó desde muy pronto que la única forma de controlar el desasosiego que le corroía la vida era ese conocerse a sí mismo, y, por eso, y no por otra cosa, fue que Alejandro condujo a sus huestes hasta la India, porque le habían asegurado que allí había unos hombres que le podían enseñar algo al respecto. Y sí, de aquella se dio un gran paso, porque, a partir de entonces, se empezó a difundir el estoicismo, una herramienta valiosa que, aunque cuesta mucho aprender a manejar, sirve para comerse un poco menos el coco.
Pero no nos engañemos, desde el mismo momento que el ser humano se dio cuenta de que sin conocerse a sí mismo la vida se convertía muy pronto en un infierno, empezó a maquinar sobre la mejor manera de ayudarse en tan ímproba tarea. Así fue como descubrió la literatura. En la literatura es donde nos reconocemos a nosotros mismos y, si somos espabilados, nos desmentimos... y sosegamos. Es tan obvio que para el ser humano nunca hubo nada que se le pudiese comparar en importancia a la literatura que, díganme ustedes a que personajes conocen de hace veintisiete siglos que no sea Homero. ¿Hay alguien que más haya trascendido en la historia de la humanidad que él? ¿Que sería el mundo clásico si prescindiéramos de Esquilo, Sófocles, Eurípides, Platón y Aristóteles? ¿Hay algún inglés más importante que Shakespeare? Ni siquiera Newton. Y españoles, ya me dirás quién se puede comparar a Cervantes.
Claro que, si la literatura es difícil crearla, tampoco es fácil recrearse con ella. Leer a los grandes, que es donde la enjundia se concentra, no es pasatiempo para cualquiera: se requiere para ello entrenamiento y experiencia de vida. Por eso, porque la literatura no es herramienta para cualquiera, es por lo que se inventaron profesiones que pretenden conocer los mecanismos para llegar por vía directa a donde la literatura llega dando muchos rodeos. Freud se sacó de la manga el psicoanálisis que sin duda es una herramienta curiosa que intenta esclarecer las oscuridades de la mente apoyándose en el contenido simbólico de la literatura clásica, las tragedias griegas, mayormente. Pero, en fin, de esto que opine Woody Allen que es el que más sabe.
Resumiendo, que no hay forma de engañarse al respecto. Estamos, poco más o menos, donde se estaba en la noche de los tiempos. Con el mismo desasosiego. No hemos avanzado nada, o muy poco en cualquier caso, respecto del conocimiento de nosotros mismos. Y mucho me temo, que ha sido porque no puede ser y, además, es imposible. Así que no es raro que todo el empeño se ponga en los paliativos. Ir de aquí para allá en busca de bailes de vampiros, por lo general.
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