Ayer me comunicaron el fallecimiento de un conocido. Un hombre afable y tirando a iluso, al que se le solía escapar el énfasis cuando se ponía a razonar sus opiniones. En cualquier caso, andaba ya por los setenta y bastante pico, o sea, que nada de extraordinario. La última vez que le vi, hace un mes o así, fue mientras hacía la compra en Mercadona. Iba en compañía de su mujer de hecho, una señora con mucho remango, lo que contribuía a acrecentar la sensación de decrepitud que daba el pobre hombre. Mi ojo clínico, que, el que tuvo, siempre retuvo, rápidamente me dijo que la cosa estaba para de aquí a un mes a lo sumo. Y no fallé.
Es muy curiosa la indiferencia con la que los viejos vemos la muerte de los conocidos e, incluso, próximos. Cuando murió mi hermano, mi hermana estaba muy preocupada por cómo decírselo a mi madre que ya andaba por los ciento y pico. Cuando se enteró la vieja, como quien oye llover. Y es que sabido es de antiguo que a esas edades la, por así decirlo, característica moral que prima sobre todas las demás es el egoísmo. A uno ya solo le quedan fuerzas para pensar en sí mismo: en cómo llegar a mañana bien cagado.
Así es la vida, que, cuanto más sufres por nada, antes te extingues. Yo diría que el sufrimiento moral por un quítame allá esas pajas, o, si mejor quieren, la escasez de sentido del humor, o, también, la incapacidad para valorar la verdadera importancia de las cosas, es lo que se ha llevado prematuramente al otro barrio a algunos amigos, conocidos e incluso familiares. Este conocido que falleció ayer, por lo que me habían contado, de hace cuatro años para acá había vivido en un ¡ay! a causa de la existencia del coronavirus. El pobre hombre no veía llegar la hora para que le avisasen para ir a ponerse otra dosis de la famosa vacuna. Ya me dirán ustedes toda la desregulación funcional que le tenía que producir en sus vísceras vitales esa obsesión no por más estúpida menos morbosa.
Así es que uno se ve a veces sufriendo por cualquier chorrada y, de inmediato, le saltan todas las alarmas y se pone a hacer chistes... así, como hacían en tiempos del Lazarillo los condenados a muerte mientras iban subiendo las escaleras del cadalso. Saber coger al toro por los cuernos es, seguramente, el más importante de todos los aprendizajes de la vida. Algunos llaman a eso valentía. Y, a lo contrario, cobardía. Con la dialéctica entre la una y la otra es como se escribe la historia de cada cual. Y no hay más tu tía.
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