martes, 25 de junio de 2024

Assange

Julian Assange está libre. Después de muchos años, catorce o así, de calvario, los últimos cinco en una prisión de máxima seguridad en el Reino Unido, en una celda de 2x3, aislado veintitrés horas al día. Su delito: informar por libre. Decir la verdad, en definitiva. Al final, ha sido tanta la presión popular que las autoridades se lo han pensado. La acusación que pesaba sobre él era que había difundido secretos de estado. Una vez más, la milonga de la seguridad. Decir la verdad pone en peligro la seguridad de la gente. Entiéndase, la gente que manda: los oligarcas. La consagración del engaño como bien supremo. A esto es a lo que llegó la humanidad, supongo que en la noche de los tiempos. 

Recuerdo que cuando empezó el asunto Assange adopté una actitud de arrogante indiferencia. Gente que para hacerse notar se mete en camisa de once varas, pensé, idiota de mí. Entonces llegó lo de la pandemia y vi la luz: allí donde hubiese que firmar para pedir su liberación, firmé. Es lo que tiene sufrir injusticias, que te quita la arrogancia y te hace pensar. Estábamos, entonces, siendo engañados con descaro para obligarnos a estar presos en casa. No se permitió la menor disidencia, ni siquiera por parte de los más prestigiosos expertos en la materia. Recuerden con el desprecio que trataron en Francia a Luc Montagnier... no tardarán, supongo, en hacerle homenajes de desagravio para lavar la conciencia. Sí, señores, la cosa fue muy grave y pudo pasar, entre otras cosas, por la actitud de arrogante indiferencia que yo, y tantos como yo, adoptamos cuando trincaron a Assange. 

En otro orden de cosas, ayer, primer día de verano propiamente dicho, me llegué a Maliaño caminando. Por hacer algo me metí en el restaurante japones que hay en el complejo comercial Bahía Real. Mi impresión fue que al más viejo de los clientes que había allí le triplicaba la edad. Me atendió una chiquita que, de entrada, me preguntó si sabía de qué iba la cosa. Me costó comprender la jugada. Se trataba de un menú infinito: de entrada podías pedir cuatro platos y tenías que esperar diez minutos para poder pedir otros cuatro, y así hasta el infinito. Le dije a la chiquita que eligiese por mí, me los trajeron, me los comí, y ya no podía más. Pedí un postre y la chiquita casi se indignó porque no pedía otros cuatro platos. Entonces fue cuando miré a mi alrededor y caí en la cuenta de que la mayoría de los jóvenes que atiborraban el local tenían sobrepeso. Al final, todo cuadra. 32,50 € me importó el experimento. Si me hubiese informado como Dios manda antes de empezar, otro gallo me hubiese cantado, pero pasan los años y uno no aprende; va por la vida como si las cosas fuesen como siempre... y las cosas como siempre nunca han sido. A las cosas superfluas, me refiero. Gajes del oficio. 

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