Veo uno de esos cortos en el que un periodista de El País está entrevistando a un joven político emergente. Un tal Alvise que, por lo visto, ha fundado un partido con el que ha conseguido tres asientos en el parlamento europeo. El caso es que el tal Alvise ha puesto las cartas boca arriba en todo lo referente a la represión que sufrimos cuando la dichosa pandemia. El entrevistador con una vehemencia propia de alguien acorralado trata de demostrar que aquí a nadie se le obligó a nada. Y no deja hablar al entrevistado. Algo realmente cómico: la típica huida hacia delante del mentiroso.
Se lo traigo a colación porque me ha parecido muy indicativo del nerviosismo que reina por doquier. El otro día trataba de conversar yo con la propietaria de una librería de viejo que frecuento y me acabó pasando como a Alvise con el periodista de El País. Y es que, no es para menos, porque se palpa el fin de una hegemonía. La gente vive feliz bajo el yugo de las hegemonías. Hegemonías en las que se cultivan las diferencias insignificantes para que parezcan gigantes. Derecha/izquierda, Madrid/Barcelona, y todas esas pamemas que no significan nada. Y esa falacia es la que se está desmontando. Cada vez a más gente no le importa decir que vivimos sometidos a la tiranía de la mafia política sin distinción de siglas. Para todo hay que pedirles permiso. Así es que nos pasamos la vida rellenando papeles hasta para dar cinco duros a tus hijos.
Y en esto que Milei llega a Madrid y es la apoteosis. Es como el Bautista que viene a bautizar al nuevo mesías. Quizá la ungida sea esa chica tan mona que gobierna la comunidad. Ya hace tiempo que viene apuntando formas, como se suele decir. Aunque hay por ahí otros menos contaminados que ella. No se puede saber, pero la marea que viene es ostensible. Encaramado en un estrado levantado al efecto en el mismísimo Casino de Madrid, Huerta de Soto declaraba la guerra solemnemente a la mafia política que nos exprime como si fuésemos esponjas.
En adelante ya solo queda por saber si el final va a ser por lisis o por crisis. Como en las enfermedades que, unas veces, van cediendo poco a poco y, otras, de pronto, te pasas toda la noche sudando a mares y a la mañana te levantas como nuevo. En cualquier caso, imposible evitar la violencia. Cuando los enfermos se curan los médicos se quedan sin trabajo. Y, como dijo el clásico: " A fe doctor que con usted de nada sirve el acogerse a sagrado". Un médico sin trabajo es, por definición, un terrorista. Si le hace falta se saca una pandemia del bolsillo por arte de birli-birloque.
En fin, que la cosa está de lo más interesante, porque esta vez sí que parece que va en serio.
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