Platón/Aristóteles, Aristóteles/Platón. Se tira Santi, esta mañana, media hora larga dándole vueltas al asunto. Es algo que no tiene fin. El mundo de las ideas, el mundo material. Se necesitan tanto que, al final, se confunden. Y siempre se acaba recurriendo a lo que decía mi abuela que tenía un puesto de verduras en la plaza. Esa necesidad imperiosa que tienen algunas personas de aprender a pensar mejor de lo que piensan. Porque tienen la dolorosa conciencia de sus limitaciones. Es la consecuencia inevitable de las vidas dedicadas al estudio. Estudias con la ilusión de que así encontraras puntales para paliar tu inseguridad y resulta que consigues el efecto contrario: es la maldición socrática del solo sé que no sé nada. Cavas y cavas y cavas y, cuanto más profundizas en algo, más lagunas encuentras a tu conocimiento. El saber, por mucho que presumamos de lo contrario, siempre es superficial.
Así las cosas, qué otro consuelo nos queda que no sea el cinismo. No hay saber como el tener, se decía en aquella España de aquel siglo que, no por ser considerado como de oro, dejaba la gente de morirse de hambre. Tener para comer, entonces, era el máximo exponente de la sabiduría. Todo el rato había que estar ingeniándoselas para llegar a mañana. Así, cómo no se iba a producir aquella literatura rutilante. A tuerto o a derecho, mi casa hasta el techo, dicen, tanto la Celestina como la Lozana Andaluza, quizá las dos filósofas más sobresalientes que ha dado este país.
El caso es que ando de lo más entretenido con las aventuras del bachiller Trapaza. Siglo XVII también. No entiendo el porqué de que ese libro tenga tan poca resonancia en el mundo de las letras. Es una especie de Casanova, pero en cutre a más no poder. Víctima de la ludopatía desde su primera juventud se ve inmerso en todo tipo de líos de los que siempre escapa por los pelos. Siempre me resultó incomprensible la ludopatía; seguramente por falta de experiencia propia. Sin embargo, comprendo que hay pocas figuras con más capacidad para sugerir que la del jugador. Por eso es una constante en en el cine y en la literatura. Vivir a golpes de suerte. Buenas y malas rachas. Hay que estar hecho de una pasta muy especial para poder soportar eso. En cualquier caso, es una patología, si es que así se puede considerar, cuya proximidad pone nervioso. Tan fácil como pareciera a un profano salir de ella y tan imposible a un profeso. Una prueba más de lo insondable que es la condición humana. No hay forma de horadar la coraza que la recubre. Y, sin embargo, nunca cejamos en el empeño. ¡Algo hay que hacer en esta vida!
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