Es evidente, de toda evidencia, que hay una epidemia de gastroenteritis perruna en el barrio. Todos los indicios apuntan hacia ello. Por un lado, les debe doler la tripita y por eso no paran de ladrar. Y, por otro, la calle da muestras irrefutables: sus familiares tratan de recoger con la mejor voluntad la líquida mercancía y, para mayor eficacia del rebañe, extienden los dedos y, así, al final lo que queda es como cuando no recuerdo quién le paso a Guifré el Pilós la mano extendida por el pecho ensangrentado consiguiendo con ello dar una identidad inmarcesible a la nación catalana. Ya saben, los cuatro dedos, las cuatro barras. Ya digo, il va de soi.
Por lo demás parece que ya se terminaron las apestosas fiestas dentro de la fiesta. Anoche escuchamos la traca final que duro su buen cuarto de hora. Sin duda es interesantísimo lo de los fuegos artificiales y, además, ¡que caray!, hay empresas que tienen ese cometido y no hay que dejarlas quebrar. Estas fiestas dentro de la fiesta que no cesa son un nicho de negocio que justifica con creces la molestia. Ayer paseaba por la alameda primera y pude ver todas esas casetas que han colocado con tal motivo rebosantes de pinchos que al parecer a nadie le habían interesado. Allí estaban a merced de los elementos a la espera de ser arrojados al contenedor de basura. Te atravesaba el alma verlo. ¡Tanta hambre en el mundo...! Por lo menos eso es lo que dicen los anuncios que indefectiblemente aparecen en la pantalla cuando estoy viendo las películas del oeste. ¡Una limosna, por el amor de Dios! ¡Ay, si los pedigüeños conociesen esa maravillosa composición de Barrios Mangore! Otro gallo cantara.
Pero bueno, a lo que iba, que es imposible de toda imposibilidad que a la gente le quepa un pincho más en la barriga. Tendrían que aprender a trocar al trascantón, al estilo Guzmán de Alfarache, para poder embaular tanta mercancía como se exhibe por alamedas y plazas. Y luego, ya, que tenemos a media población rozando la morbosidad obesa. En fin, cosas de la política que, como ya se habrán dado cuenta, es el arte de tener a la gente entretenida ganando en morbosidad y pintando señeras -las cuatro barras- en el suelo.
Me voy a la compra.
Pan y circo , o bollicaos y Sálvames. Ceporropandemia de obesos.
ResponderEliminarQué dolor ver todos esos pinchos en las casetas y los pobres desgraciados que las habían alquilado pensando en sacar dos perras, casi todos hispanos, acodados en mostrador viendo pasar la gente. Estos políticos son unos estafadores natos.
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