Hace entre cuarenta y cincuenta años un amigo de amigos al que había prestado algún servicio me llevó a comer a su casa con su familia. Eran bastantes hermanos, algunos casados, todos alrededor del patriarca como si de una escena bíblica se tratase. Estábamos todos sentados en una mesa alargada en el centro de una gran sala que estaba situada encima de las tolvas de un molino de agua que seguía funcionando a pleno rendimiento. Recuerdo que comimos un salmón de los que quedaban retenidos por la presa del molino y que todos aquellos hermanos se entretenían pescándolos. De hecho, tenían allí un frigorífico enorme lleno de salmones que según me dijeron iban comiendo en las conmemoraciones. Todo ello fue un episodio tan singular que guardo una memoria bastante nítida de él. Pues bien, ayer por circunstancias de la vida volví al lugar de autos con el mismo personaje y sus amigos que son mis amigos. Ahora aquello es un complejo turísticohostelero de lo más lujoso y, por qué no decirlo, un poco remilgado. Lo llaman el Paraíso del Pas, o algo así, y desde luego que el lugar hace honor al nombre. Por lo demás, comí espléndidamente. Luego el amigo de mis amigos, que es mi amigo, y que, a causa de su profesión, supongo, llevaba una camiseta con la imagen de Edipo viéndoselas con la Esfinge, me estuvo enseñando todo lo que las nuevas instalaciones han respetado del antiguo molino. Y, desde luego que con lo que queda y una buena explicación te puedes hacer una idea bastante exacta de lo que eran aquellos ingenios que precedieron a la revolución industrial.
Pero, a lo que quería llegar es a cuando en la vida, a nada que te descuides, se lo lleva todo la nostalgia. Vives, ya, de lo que viviste, lo cual que, como que viene a ser estar haciendo cola en lo de Caronte. Los amagos de nuevas experiencias acaban siempre siendo recuerdos de las antiguas. Al final acabas hablando de cuando viste al Zurdo de Bielva meter nueve emboques en una partida de bolos. Conversaciones, en fin, para entretener la espera.
Había sido un día intenso. Luego, ya en la cama, me costó mucho más de lo habitual coger el sueño. Y es que a uno ya no le queda elasticidad. Cualquier pequeño estiramiento, te rompe. Es ley de vida. Lo cual no es óbice, ni cortapisa tampoco, para que conserve la suficiente voluntad para enfrascarme en la conquista de Libertango. Después de habérsela oído tocar al acordeón a Ksenija Sidorova bajo el arco de triunfo de Moncloa, con aquellas pintadas denunciando la plandemia del miedo... no sé, pero para mí que era lo más parecido a una diosa griega despejando las brumas de la sumisión que señorean el mundo. Libertango, las mejores versiones a guitarra que he encontrado son rusas. Un antídoto, en todo caso, de la nostalgia que amenaza con llevarse por delante lo poco que me queda.
Es la nostalgia, que ,alguna veces, llega impregnando todo lo que puede. Hacerse viejo , otra cosa no es. Lo del bolo Santanderino es muy curioso. Recuerdo en los 70 , cuando en TV metían algún relleno ,cuando algún programa no funcionaba por lo que fuera. Y vaya Ud. a saber porqué,metían lo del Bolo Santanderino. Deporte que nadie entendía, o por lo menos yo.. Una cosa muy rara.
ResponderEliminarAquí en Santander hay una mitología del bolo. Salas, Cabello, Escalante, Ramiro eran un cuarteto de lujo para cualquier festividad. Yo los vi en mi pueblo. Los traía un empresario hostelero que se caso con la que había sido mi niñera. Alguna vez trajo también al Zurdo de Bielva que era lo siguiente a la leyenda.. A mi los bolos me trían sin cuidado, pero como me gustaba andar por donde había gente...
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