Ayer por la tarde, dejado arrastrar por las exigencias de María, me acerqué al centro. Aquello estaba realmente odioso; no se podía dar un paso. Y, como, por fas o por nefas, a las mujeres siempre hay que esperarlas, me senté en un hueco que había en un banco de la plaza del Ayuntamiento. Casi una hora estuve allí entretenido en la contemplación del variopinto personal que cruzaba la plaza con destinos inciertos. En un determinado momento, la señora, autóctona, y gorda por añadidura, que estaba a mi lado, se levantó a estirar las piernas; no habrían pasado ni quince segundos cuando el espacio fue ocupado por una mora, mórbida y asquerosamente perfumada, que traía el cuello doblado sobre el hombro izquierdo para, así, poder hablar por el móvil dejando las manos libres para atacar una bolsa de chuches; al poco vino su marido con dos hijos, los tres con ese tipo esbelto de los hombres marroquíes, ella se levantó con trabajo, pero sin dejar de ingerir chuches, y se fueron para sabe Dios, o Alá, dónde. Cansado de esperar, me levanté con la intención de dejar a María abandonada a su suerte; el destino quiso que me la topase al cruzar una calle y, con las mismas, nos vinimos para casa, por más que por ella hubiésemos prolongado la inmersión mundana.
Hay en las redes sociales unos tipos a los que podríamos llamar apóstoles del decrecimiento. Personalmente, les considero gente bastante sensata y, eso, por más que el tono que suelen usar tenga muchas veces tintes alarmistas. Y es que tal y como se ha puesto esto, ya no es cuestión de que se pueda mantener o no, es más bien que la vida se ha hecho muy incómoda... esta mañana, sin ir más lejos, me han despertado los humos provenientes de una siderúrgica que está a unos dos quilómetros al oeste; como el tiempo es bochornoso uno trata de aliviarse durmiendo con las ventanas abiertas y, así, lo que ganas por un lado, lo pierdes por otro. Claro, el asunto consiste en que de esa siderúrgica salen aceros especiales para la industria automovilística alemana. Cómo, entonces, prescindir de ella. Sin coches alemanes seríamos mucho menos que nada... como dice el bolero. Así es que uno sale de casa y todo son coches; coches por aquí, coches por allá: el noventa por ciento del espacio está ocupado por coches, ya sea aparcados, ya sea buscando aparcamiento. Entre buscar aparcamiento y recoger mierdas de perro se va el noventa por ciento de la vida del noventa por ciento de la gente. ¿De verdad creen ustedes que esto merece la pena? Bueno, sí, nos queda un diez por ciento para hablar de enfermedades. Por cierto, quedaba un local libre en esta calle y recién ha sido ocupado por una consulta de medicina oriental. ¡Éramos pocos...!
Esta es la cuestión, que hay demasiado de todo menos de lo que tiene que haber que no es otra cosa que espacio y aire puro. No hay escapatoria posible; me paso la vida añorando mis años castellanos, cuando pasaba horas y horas pedaleando por entre los trigales verdes sin cruzarme con otro vehículo que no fuese un tractor. Sí, aquello era muy idílico, pero, luego, te pones a considerar los millones de toneladas de productos químicos venenosos que arrojan sobre esos campos para que sean productivos y, por consecuencia, la alta incidencia de enfermedades cancerosas que padece la gente que vive por esos pueblos... ya digo, no hay escapatoria.
De joven, uno tiende a confiar en los apóstoles de lo que sea que se acomoda a las propias conveniencias. Porque uno está todavía tierno y se deja penetrar por los entusiasmos. Pero a medida que pasa el tiempo te vas endureciendo y con ello empezando a comprender que los apóstoles son tan cantamañanas como el resto de los mortales. Porque no hay doctrina ni ingeniería social que valga para nada; la vida va por donde le da la gana y nunca hubo en el mundo nadie que supiese predecir el futuro. A lo más, a lo más que hemos llegado como especie es a sospechar que, para que las cosas mejoren, primero se tienen que poner muy mal; es como cuando vas disparado por la inercia y solo te salva del abismo pegarte el castañazo contra un muro: te destrozas, por supuesto, pero para eso se inventó el mito del Ave Fénix, para darnos confianza en una posible reconstrucción. De hecho, hasta ahora siempre ha sido así; en el futuro, Dios dirá.
Resumiendo, como dice Pessoa, si quieres decrecimiento, empieza por ti mismo que, esa tarea, puedes estar seguro, te llevará toda la vida.
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