En España hay ahora un cuarenta por ciento menos de sacerdotes católicos de los que había en los años setenta del siglo pasado. Pero, si esa disminución es llamativa, lo es todavía mucho más la edad media de los que van quedando: se ha pasado de los 35 años de hace medio siglo a los 65 de ahora. O sea, que se podría concluir que para esta mafia subsidiaria del poder político —la mafia matriz— el futuro es muy oscuro.
Como ayer por la tarde estaba con la típica mandra postprandial de los días bochornosos, no se me ocurrió mejor cosa que encender la televisión con la esperanza de que estuviesen echando una película del oeste, mi particular bálsamo de Fierabrás espiritual... ¡acto fallido! Con lo que me tope fue con una moderna iglesia gótica muy vistosa, la de la Asunción de Torrelavega, en la que un cura por los sesenta y tantos, con atavíos ceremoniales, iba caminando por el pasillo central, palante, patrás, mientras soltaba su jovial homilía a una provecta feligresía. Son las cosas del ajornamiento, me dije; lo que sea con tal de estar cuanto más cerca mejor del pueblo. La ceremonia iba de exaltación de la Asunción de la Virgen María a los cielos en carne mortal. ¡Toma ya!
En definitiva, lo que aquel cura predicaba era el típico mantra marxista de que Dios, intercedido, eso sí, por María, que es la madre que todos tenemos, está con los pobres y sufrientes y contra los ricos y gozantes. Las viejas teñidas, que eran mayoría, asentían con balanceos afirmativos de la cabeza. Al final, el cristianismo, pensé, se ha quedado resumido en aquella frase que postulaba la imposibilidad de que un camello, metáfora del rico, pase por el ojo de una aguja. Esa frase sintoniza al cien por cien con toda la envidia, el rencor y el odio, connatural a los débiles, como diría Nietzsche.
No importa, proseguía el cura, lo borracho, calavera, irresponsable que sea el hijo, porque una madre siempre será, por encima de todo, madre, e intercederá por su hijo ante Dios y, por definición, Dios siempre escucha a la madre de su hijo que también es Dios... aquí el cura, sin duda dándose cuenta del enrevesamiento teológico, hizo unas consideraciones semiológicas que enreversaron todavía más el asunto, así que dio un brusco quiebro y se volvió a enfrascar en lo del camello con la visible aquiescencia de la concurrencia.
Claro, todo esto, a mi juicio, explica unas cuantas cosas. La primera de todas es que, mientras no se extinga esta provecta generación de rencorosos creyentes y, por añadidura, siga habiendo democracia, los socialistas seguirán ganando elecciones. La segunda, que, el encontrarse la Iglesia Católica, según dicen, al borde de la extinción, seguramente trae causa del estar confundiendo a Dios con el César y viceversa. ¡Tanto pregonar los derechos y tan poco las obligaciones! La tercera, que, si no fuese por el turismo, todo ese patrimonio religioso en el centro de las ciudades ya estaría convertido, en su mayor parte, en bloques de apartamentos. Y no sigo porque todos sabemos cómo, tarde o temprano, se van por el desagüe todas las cosas de este mundo. Amén.
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